noviembre 29, 2008

LA TRAMPA


“En sus cálculos nuestro PIB toma en consideración la contaminación del aire, la publicidad a favor del tabaco y los recorridos de las ambulancias que recogen los heridos en nuestras carreteras.
Contabiliza los sistemas de seguridad que instalamos en nuestras casas como el costo de las cárceles en las cuales encerramos quienes logran burlarlos.
Integra la destrucción de nuestros bosques de sequoias así como su sustitución por un urbanismo desenfrenado y caótico.
Incluye la producción del napalm, las armas nucleares y los coches policíacos blindados destinados a reprimir los motines en nuestras ciudades.
Toma en consideración la fabricación del fusil Whitman y del cuchillo Speck, así como los programas de televisión que ensalzan la violencia con la finalidad de vender los correspondientes juguetes bélicos a nuestros niños.

En cambio el PIB no toma en consideración la soledad de nuestros niños, la calidad de su instrucción ni la felicidad de sus juegos.
No mide la belleza de nuestra poesía o la solidez de nuestros matrimonios.
No se le ocurre evaluar la calidad de nuestros debates políticos o la honestidad de nuestros representantes.
No considera nuestro valor, nuestra sabiduría o nuestra cultura.
No dice ni palabra de nuestro sentido de compasión y abnegación hacia nuestro país.

En una palabra el PIB mide todo menos lo que hace que la vida valga la pena ser vivida”.



No puedo mas que suscribir a este discurso, pero… ¿Cuál radical (semilla de futuros terroristas) lo pronuncio?

Respuesta: Robert Kennedy, en la universidad de Kansas, el 18 de marzo del año 1968, pocas semanas antes de su asesinato.

Reacciones:

Uno, con una tal profesión de fe, ¿que hubiese sido de los Estados Unidos (y por lo tanto del mundo) si este señor hubiese llegado a ser presidente?. ¿Viviríamos hoy la peor crisis económica que hayamos visto quienes nacimos después de la segunda guerra mundial?

Dos, del dicho al hecho hay un trecho… largo… largo… muy muy largo.
De haber llegado a ser presidente de los Estados Unidos este señor hubiese tenido que rendir cuentas, no a los cándidos “ciudadanos de a pie” que hubieran creído haberlo elegido, sino a quienes realmente hubiesen hecho posible su elección, las grandes corporaciones económicas y mediáticas.

¡Favor de no creerse lo dicho por los políticos profesionales… o los profesionales de la política… son profesionales de la mentira y el engaño¡
¡Favor de no caer en la trampa!

Pura especulación... este señor nunca fue elegido, nunca lo sabremos.
De acuerdo... pero acuérdese de algún discurso, de alguna promesa de algún político profesional... el que sea... no importa... Calderón, López Obrador, Zapatero, Sarkozy... el que guste... hasta apuesto lo que sea por el nuevo Mesías Obama... sino lo invito a releer alguno de sus encendidos discursos de campaña y... dentro de algunos meses... a compararlo con los hechos.

noviembre 28, 2008

HERRAMIENTA PARA LA SALVAGUARDA DEL ORDEN


Leído el 25 de noviembre en la pagina web del periódico francés Le Monde: "En prison, le travail est un outil de maintient de l’ordre".
Traducción: “En la cárcel, el trabajo es una herramienta para la salvaguarda del orden.”

Breve comentario: En nuestra sociedad, basada en el ámbito político sobre la dominación, y en el ámbito económico sobre la competencia y el productivismo, el trabajo per se, y no solo en el universo carcelario, es una herramienta que participa del mantenimiento del orden… simplemente porque la estructuración de nuestra sociedad es de tipo carcelario.

noviembre 25, 2008

DE SUSTANTIVOS Y VERBOS.


Mientras la vida es presente y futuro… lo importante son los sustantivos… porque los verbos se dan por descontados.

Así a los veinte años QUERER y PODER son esencialmente sustantivos… porque son nuestros anhelos y nuestra búsqueda.


Cuando la vida se torna presente y pasado… los sustantivos siguen teniendo cierta importancia, pero ya no son tan avasalladores… los verbos van siendo cada día mas protagónicos.

Así a los sesenta años QUERER y PODER son esencialmente verbos… porque quisiéramos mas no podemos.


Aunque también puede ser al revés… que los verbos sean protagónicos a los veinte y los sustantivos a los sesenta.... todo depende de cómo se conciba e interprete la vida y los sueños.

noviembre 15, 2008

GAGNANTS PERDANTS


Líder del grupo francés NOIR DESIR, Bertrand Cantat fue condenado a una pena de prisión por (en circunstancias que nunca fueron bien aclaradas, aunque el reconoció el hecho) haber matado a su compañera Marie Trintignant (hija del famoso actor Maurice Trintignant, y ella misma actriz). Puesto en libertad condicional al haber cumplido la mitad de su pena, acaba de poner en la Web dos nuevas canciones.
No se si se le puede tachar de asesino… . y si este sustantivo/calificativo puede impedirle seguir componiendo, escribiendo y cantando... lo que si se... es que si puedo juzgar una persona (en el sentido de tener una opinión sobre su actuar) no me siento con el derecho (ni me lo otorgo) de condenar a nadie... como también se que NOIR DESIR es mi “grupo rockero” francés predilecto, tanto por sus composiciones como por las letras de sus canciones, y que la canción “Gagnants Perdants” (una de las dos antes mencionadas) me gusta mucho. Razón por la cual adjunto una liga donde se le puede escuchar.
http://fr.youtube.com/watch?v=10Ego2KkD78

La traducción de una estrofa, que revela el sentido de la canción, podría ser la siguiente: “No queremos ser parte de quienes ganan, pero nunca aceptaremos ser parte de quienes pierden.”

Aqui una liga para escuchar la segunda canción, titulada "Le temps des cerises"

noviembre 14, 2008

LA MUERTE TAMBIEN ESTA EN OFERTA


Acabo de recibir este correo electrónico, enviado por la agencia Gayosso:


EL SERVICIO DE CREMACION INCLUYE:

ASESORIA EN TRAMITES
TRASLADO A LA AGENCIA
ARREGLO ESTETICO
EL EMBALSAMADO ES SIN COSTO (ANTES $4,500.00)
ATAUD DE METAL
SALA DE VELACION ESTANDAR
CAFE Y REFRESCOS SIN COSTO (ANTES $5,000.00)
SERVICIO DE HORNO CREMATORIO
URNA PARA CENIZAS.

EL CONTRATO ES TRANSFERIBLE Y VITALICIO.

A LA FIRMA DEL CONTRATO EL PRECIO SE CONGELA


SERVICIO BASICO
ATAUD DE METAL (TEC.04)
URNA DE METAL (ARGENTUM)


CONTADO $ 40,876.00
ANTICIPO 4,088.00
3 MESES
6
12 3,478.00
18 2,455.00
24 1,948.00
30 1,646.00
36 1,449.00
42 1,310.00


ESTE ES EL SERVICIO BASICO DE CREMACION Y TENEMOS PROMOCIONES CON DESCUENTOS.

PARA MAYORES INFORMES LE SOLICITO UNA CITA

ATENTAMENTE

LOURDES GARCIA ZAMARRIPA

1.- Me parece estupendo que el servicio de embalsamado sea gratuito (a pesar de que todos sepamos que en esta vida… o las otras… nada es gratuito) pero me pregunto ¿Por qué embalsamar un cadáver que en menos de 24 horas va a ser cremado?... si es por los olores... les aseguro que no hace falta, el cuerpo sin vida de mi padre se quedo cerca de dos días en casa (tal cual, en su estado "natural") y no se notaba ningún olor, de no ser el de las veladoras.

2.- Me parece estupendo que el contrato sea “vitalicio” y que hasta lo pueda pagar en 42 cómodas mensualidades… pero ¿que tan vitalicio será si me muero antes de los tres años?… se me había pasado que además de vitalicio es también “transferible”…lo que me hace suponer que será mi familia quien pagara el adeudo… pero ¿y si fallecemos todos juntos en un desafortunado evento?... supongo que como toda buena “transacción comercial” el costo derivado de esta eventualidad es debidamente tomado en consideración… que se calculo estadísticamente cual son las probabilidades de que esto suceda y que el correspondiente costo esta debidamente prorrateado y cargado al costo del servicio.

3.- Pero lo que realmente me preocupa es que el “servicio de café y refrescos” que antes tenia un costo de 5,000 pesos… ahorra también sea gratuito… ya se que lo expuesto en el punto anterior también se aplica en este… sin embargo siento una genuina y honda preocupación… al suponer que este “gancho” es el reflejo de la profundidad de la crisis… que ya alcanzo un (supongo que importante) segmento de los habituales clientes de la Gayosso… al no ser que la motivación de este regalo (queriendo ser optimista) se deba a que la tasa de mortalidad este disminuyendo drásticamente… en cuyo caso espero vivir lo suficiente para beneficiarme de tal disminución.

4.- A la firma del contrato el precio del servicio “se congela”… ojala se congelara también la muerte (o la vida, según se entienda)… pero en fin, no nos hagamos ilusiones, dejemos la pretensión nacida en el 68, según la cual la imaginación debía de tomar el poder y teníamos que pedir lo imposible… seamos realistas y demos gracias de que si la mercantilización de la vida ya alcanzo la misma muerte… tenemos la suerte de contar con avezados empresarios (supongo que socialmente comprometidos) que, por lo menos (y no es poca cosa) están dispuestos a congelar el precio… sino de la huesuda, por lo menos de los “servicios anexos”.

5.- “Arreglo estético”… si bien la muerte no es presentable ni bien vista (salvo para quienes, como dice el poeta, han ido a su encuentro)… por lo menos que lo sea el muerto… ya que como es bien sabido “de la vista nace el amor”… y quien sabe con quien este se topara en el mas allá… para un póstumo romance.

6.- En lo que definitivamente no estoy de acuerdo es en que me depositen (mi cuerpo… ¿no soy mas que mi cuerpo?) en un ataúd metálico… ¡y menos un TEC 04!... no… definitivamente NO… lo que quiero es un ataúd parecido al de la fotografía que ilustra esta digresión… ¡estoy dispuesto a pagar la diferencia!

noviembre 12, 2008

ELUCUBRACIONES Y CONSPIRACIONES


Puede que quienes hayan leído la anterior entrada de este blog (en realidad la tres anteriores forman una sola) la etiqueten bajo la categoría de lo que se conoce como la teoría de la conspiración.
Es decir que ante la falta de una información completa y que se pueda considerar como mínimamente veraz, el sujeto que intenta encontrarle o darle sentido es proclive a elucubrar, armar una explicación que incluye elementos especulativos que carecen de un fundamento racional, en el sentido de basarse en lo que a ultimas fechas se ha dado por llamar “datos duros”. Elucubración que generalmente intenta encontrar responsables o culpables, anteponiendo al análisis objetivo las empatias y fobias personales e ideológicas.

Puede ser. Admito que al tener una particular y profunda aversión (incluso patológica si quieren) por todo lo que de cerca o de lejos tiene que ver con el ejercicio de la dominación y en particular quienes la ejercen… ocultándolo bajo los conceptos del deber, la necesidad, incluso el sacrificio… cuando la realidad es que solo satisfacen la imperiosa necesidad de detentar y ejercer el poder como única manera de gozar, es decir sentirse vivos (además de la secundaria necesidad de procurar y defender sus intereses materiales, ya sea personales o de grupo)… admito, decía, que, partiendo de la base que quienes ejercen la dominación son capaces de cualquier crimen para satisfacer y preservar el gozo que esta les procura (va de por medio la negación del vacío y la nada que “invaden” su ser, junto a la afirmación del sentir de su existencia)… resulta “natural” que la búsqueda de alguna explicación a lo inexplicable (generalmente carente de credibilidad y de aparente racionalidad) me lleve a encontrar respuestas que inculpen a quienes… disponen de los medios que les da el ejercicio del poder… uno, para llevar a cabo estos crímenes… y dos para ocultar, esconder, (en numerosas ocasiones literalmente “desaparecer”) su responsabilidad.

De ahí mi creencia (certidumbre) expresada en este blog… de que la caída de las torres gemelas de Nueva York haya sido obra de los “neocons” para parir al enemigo del cual carecían después de la caída del muro de Berlín (y que necesitaban para implementar su política de atemorización de la población que les autorizaba a restringir las libertades)… como recientemente del atentado perpetrado contra el avión de Mouriño por parte del panismo salinista (o salinismo panista) para hacerse de las riendas del poder en este momento de zozobra (sentimiento de tristeza, angustia e inquietud de quien teme algo) generalizada... sin olvidar el asesinato de Kennedy, el de Colosio y un sin fin de etcéteras.

De ahí también mi creencia que la explosión de las granadas la noche del 15 de septiembre durante la ceremonia del grito en la plaza central de Morelia, no fue obra de narcoterroristas sino de un terrorismo de Estado.
¿Porque?
Esta será la “temática” de la próxima entrada… si algún evento o situación personal no me imponen otra.

noviembre 11, 2008

¿ACCIDENTE O ATENTADO? (tercera parte) El panismo salinista (o el salinismo panista) al mando... del operativo...y del país.


La primera “entrada”, dedicada al tema del accidente o atentado sufrido por la aeronave en la cual fallecieron Juan Camilo Mouriño y José Luís Vasconcelos, daba por sentado que la percepción es la única Verdad y que dado que la absoluta mayoría de la “gente” daba por sentado que se trataba de un atentado, la pregunta pasaba a ser ¿quien es el autor del atentado?.
Ahí mismo se ofrecía un abanico de las posibles respuestas: el narcotráfico, el gobierno, ninguno de los dos, los dos en contubernio, alguna desconocida mano negra… terminando por el tan mexicano, quien sabe.

En la segunda “entrada” dedicada al mismo tema, visto que las autoridades hacían todo lo posible para acreditar la tesis del accidente, insinuando con insistencia que la responsabilidad incumbía al piloto, avanzábamos que si efectivamente así era… la combinación de la tesis de un atentado con la responsabilidad del piloto… nos llevaba a la natural conclusión de que la “modalidad” del atentado no había sido la de la explosión de un artefacto colocado en el avión, o un mas sofisticado sabotaje mecánico o electrónico… sino obra de un piloto suicida, un kamikaze.

Claro que faltaba conocer el autor intelectual. ¿Quién había “comprado” la voluntad del piloto para que este se estrellara deliberadamente?

Con la designación del señor (los títulos universitarios u otros sobran) Fernando Francisco Gómez Mont como nuevo Secretario de Gobernación, la respuesta es casi obvia.
Una vez más todo apunta al asesino serial favorito de todos el malvado Carlos Salinas de Gortari.
¿Se acuerdan?... el señor que como se dice vulgarmente (y por lo menos esta es la percepción generalizada de los mexicanos), se hecho a Luís Donaldo Colosio, Francisco Ruiz Massieu, el cardenal Posada… y hasta su propio hermano.

¿Por qué?

Pues resulta que:

El tal Gómez Mont es definido por muchos ¿sesudos? analistas políticos como un “panista salinista”… es decir un señor muy cercano (o miembro de pleno derecho) del circulo intimo de los políticos (de toda procedencia, pueden ser priistas, como panistas, peredistas, o incluso apartidistas) que de alguna manera u otra integran la camarilla liderada por el tal Carlos Salinas.
También, según lo asegurado (con énfasis y orgullo) por el propio personaje en cuestión, nuestro nuevo secretario de gobernación es muy cercano al mismísimo Jefe Diego… y, siempre de acuerdo con la percepción generalizada de muchísimos mexicanos (conocedores o no de la polaca) de quien es amigo el tal Jefe Diego… pues de un tal “Señor de las Orejas”.
¿Qué mas?.
Pues que el flamante nuevo secretario es miembro prominente de un famoso despacho de abogados… el cual defendió los intereses de unos tales Carlos y Raúl Salinas… también de un tal Tomas Peñaloza Webb, defraudador del IMSS… así como de un tal Rogelio Montemayor, ex director de PEMEX acusado de ser el cerebro (o por lo menos el operador) del famosísimo Pemexgate… sin contar con los banqueros defraudadores (banquero y defraudador son sinónimos) Cabal Peniche y Jorge Lankenau… y una larga lista de personajes de la misma calaña.
¿Algo más?
Pues que este tal Gómez Mont fue también asesor de Ernesto Zedillo. Se acuerdan del “error de diciembre” que desemboco en el Fobaproa que millones de ciudadanos comunes pagaremos por varias generaciones mientras unos cuantos veían sus fortunas conocer la suerte de la bíblica multiplicación de los panes y los peces.
No solo esto… también trabajo con Antonio Lozano Gracia (primer Procurador General de la Republica panista), en diversos asuntos legales incluidos los crímenes de Luís Donaldo Colosio y Francisco Ruiz Massieu (dixit el perfil publicado en la pagina web de “El Universal”)

Lo mejor.
Siempre según “El Universal”, Gómez Mont ha sido un cercano colaborador de un tal Luís Tellez Kuenzler… y ¿quien es este tal Luís Tellez? Pues resulta que este señor ocupó el cargo de Subsecretario de Agricultura durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, siendo también uno de los principales asesores en política económica del gobierno. Al tomar posesión de la Presidencia, Ernesto Zedillo lo designó Jefe de la Oficina de la Presidencia de la República, y en 1997 Secretario de Energía hasta el final de su gobierno. Resulta interesante saber que fue miembro del Consejo de administración de la transnacional (petrolera, armamentista, etc.) Carlyle Group, directamente ligada a los intereses de los Bush, Cheney y compania… que en la actualidad es Secretario de Comunicaciones y Transportes del presidente Felipe Calderón (también conocido como “el espurio”)… y… que rara coincidencia… quien en estos últimos días es el encargado de dar a conocer toda la información oficial relativa a la desafortunada caída del avión en el cual el “entrañable amigo Iván” (acuérdense que se trata ni mas ni menos que de Juan Camilo Mouriño) falleció.

Quizás resulte muy aventurado sacar alguna apresurada conclusión de toda la anterior información relacionando… el atentado, la muerte de Mouriño, su sustitución por Gómez Mont, las “amistades” y relaciones entre todos estos personajes cuyo “común denominador” pasa una vez mas por un tal Carlos Salinas… pero, ni modo, mi percepción es:

1.- Que no se trato de un accidente sino de un atentado.

2.- Que este se llevo a cabo mediante el método mas apropiado para no dejar ni el mas imperceptible rastro, el “suicidio” del piloto estrellando la aeronave con toda premeditación (la disyuntiva “plata o plomo” puede tener una infinidad de modalidades, entre estas que el “beneficiario” del dilema no sea directamente el sacrificado sino su familia).

3.- Que el autor intelectual es una vez mas “el señor de las prominentes orejas”.

4.- Que el móvil de este nuevo crimen de Estado es evidentemente la lucha por el Poder, dentro de la elite que ejerce la dominación.

5.- Que tanto al nivel de la concepción como de la operación es mas que creíble la “colaboración” entre la elite (tanto política como económica) y el narcotráfico… quienes viven en perfecta simbiosis, dado que sus intereses de fondo y a largo plazo son mas complementarios que divergentes. La dizque lucha del Estado contra el crimen organizado y el reguero de muertos no siendo mas que la expresión de los permanentes reacomodos que se dan en las alianzas y desencuentros a la hora del reparte de los beneficios.

¿ACCIDENTE O ATENTADO? (segunda parte) Los kamikazes ya llegaron a México.


Por lo visto las autoridades (que de autoridades tienen muy poco si por este termino entendemos mandatarios libremente mandatados por el Pueblo) ya han encontrado como sostener la tesis del accidente: se trata nada de menos que de un error humano, el del piloto. En efecto la causa del desplome del aeronave habría tenido por origen “una brusca maniobra que habría provocada una súbita y agresiva perdida de control”.
La verdad, mejor explicación no puede haber: culpar a un muerto (que evidentemente ya no se encuentra en condiciones de refutar lo dicho en su contra) siempre ha sido lo ideal.

Pero si la refutación de una tal tesis resulta por lo pronto imposible, en estos tiempos de sospechosismo en los cuales nos movemos todos (por culpa de la total perdida de credibilidad que las autoridades se han ganado a pulso) permítanme dar mi versión, igual de “gratuita” y “verosímil” (en el sentido de que resulta imposible refutarla en base a datos “objetivamente científicos”) que la que se perfila como la verdad oficial: el piloto era un infiltrado (uno mas) del narcotráfico (o alguna oscura e invisible mano negra) el cual, asumiendo su compromiso de “terrorista suicida”, precipito el avión a tierra… en forma deliberada.
Claro que aquí nada de “morir por Allah y la victoria del Islam”… no… algo mucho mas terrenal… por ejemplo, la promesa de una considerable suma de emolumentos para sus deudos.
Otra posibilidad, poner al piloto ante la ya clásica disyuntiva del “plomo o plata”…obviamente no para su persona sino para su familia.
Ahorra que si la tesis del suicidio inducido del piloto les parece inverosímil... y tomando en consideración "la súbita y agresiva perdida de control", que a mi entender implica la muerte del piloto, también cabe la posibilidad de que este haya sido ejecutado por alguno de los pasajeros "infiltrado" por... quien sabe quien.

noviembre 07, 2008

¿ACCIDENTE O ATENTADO? (primera parte) De la Realidad (o realidades) y la Verdad (o verdades).


Martes 4 de noviembre… cerca de las 19:00 horas… Lomas frontera con Polanco… a trescientos kilómetros por hora un pequeño jet se desploma estrellándose sobre coches y paseantes… acaba de fallecer el “entrañable amigo Iván” (mejor conocido por la plebe como Juan Camilo Mouriño, de profesión exitoso empresario, quien en sus momentos libres también fungía como Secretario de Gobernación… y con su muerte entro con todo y honores presidenciales al panteón de los héroes nacionales... injustamente "desconocidos").
Seguramente que su entrañable amigo Felipe, de profesión Presidente de la Republica (espurio dicen algunos) se lamento amargamente (y con un deje de culpabilidad) preguntándose ¿por qué será que los mejores son siempre los primeros en irse?.
A nosotros, los simples mortales, la pregunta que de inmediato nos asalto fue ¿accidente o atentado?

En este momento me viene a la memoria (¿verdad o fabulación?) que muchos años atrás, en el ultimo curso de bachillerato, el profesor de filosofía nos había dado cuatro horas para disertar sobre un tema (típicamente francés) “Realidad y Verdad” (así con mayúsculas).

Si puede haber alguna duda fundada de que la Realidad realmente real sea una incontrovertible realidad… en cambio no hay la menor duda de que la Verdad verdaderamente veraz sea una falacia… de hecho ¡solo la real realidad de la percepción es verdaderamente veraz!. Dicho mas sencillamente, solo la percepción es realmente veraz…. o todavía mas sencillo, solo la percepción de la realidad es veraz… al no ser que, con ganas de confundir, se pretenda que solo la percepción sea verazmente real.

¿Y?

Esta digresión viene al caso porque la total totalidad (expresión quizás aparentemente tautológica pero mucho mas elegante que el seco 100%) de mis familiares, amigos y compañeros de trabajo creen firmemente (sin el mas mínimo asomo de duda) que la estrepitosa caída de la aeronave (en cuyo interior, además del ya mencionado héroe patrio, se encontraba también un tal José Luis Santiago Vasconcelos, importantísimo personaje de la lucha contre el narcotráfico, aparentemente caído en desgracia estos últimos tiempos) no fue lo que nos quiere hacer creer el tal Felipe… un accidente… sino un atentado… al no ser (la inventiva gubernamental no conociendo limites) que se trate de un accidental atentado o un atentado accidental. ¡Vaya usted a saber cual de los dos! Por mi parte opto por el atentado accidental, ¿y usted?.
Ahorra que si me preguntan cual es la diferencia entre los dos, sinceramente no lo se… apenas si se me ocurre que el accidental atentado puede ser un accidente disfrazado de atentado (¿quién sabe con que fín?) y que un atentado accidental podría ser un atentado disfrazado de accidente (¿quién sabe con que propósitos?). Es que en estos dos mundos, uno al margen de la Ley (crimen organizado) y el otro por encima de esta (gobierno) una de las mas importantes reglas de funcionamiento es que su actuar se mueva en la mas completa opacidad y el mas refinado engaño.

Finalmente lo bueno de todo esto es que una vez mas tenemos la confirmación de que ellos viven en un mundo muy alejado del nuestro… pero eso si no ajeno… dado que, tal como debe de ser, a menudo somos las fichas con las cuales juegan y apuestan… para ganar, ellos, la partida, a nuestras costillas. A ver si terminamos aprendiendo. Aunque lo dudo… es tan cómodo ser espectadores y no actores… al punto de que como todo buen “mirón” somos capaces de gozar intensamente cuando el espectáculo nos procura este escalofrío que nos saca (aunque sea solo por unos instantes) del letargo en el cual nos complacemos… de nuestra ausencia a la vida.

Descanse en paz la Verdad… y con mayor razón si esta se ufana de ser oficial.


Posdata preguntona (con una pizca de mala leche): ¿Quién fue el autor del atentado?
Opción A: el narcotráfico.
Opción B: el gobierno.
Opción C: ninguno de los dos.
Opción D: los dos en contubernio.
Opción E: alguna mano negro.
Opción F: quien sabe.

No se requiere que la respuesta se finque en pruebas o datos duros… acuérdense que basta la percepción (o intuición)… y que por lo tanto cualquier respuesta tiene plena validez.
Que la percepción adquiera rango de Verdad… es tarea de quienes nos gobiernan… todos empeñados en ser magos e ilusionistas.

noviembre 05, 2008

ANDRE GORZ, VISIONARIO



La salida del capitalismo
ya ha empezado.

Pocos días antes de suicidarse junto a su compañera, André Gorz escribió un texto que hoy, instalados en esta mega crisis financiera que se propaga con rapidez a la economía real, hace figura de premonitorio... aunque también de una cierta dosis de "optimista voluntarismo".
He aquí el texto en cuestión.

La cuestión de la salida del capitalismo nunca ha sido tan de actualidad: se plantea hoy de una manera novedosa y con la necesidad urgente de una radicalidad nueva. Debido a su propio desarrollo, el capitalismo ha alcanzado un límite interno y externo que es incapaz de superar y que le convierte en un sistema que sobrevive gracias a subterfugios a la crisis de sus categorías fundamentales: el trabajo, el valor, el capital.

La crisis del sistema se manifiesta tanto a nivel macro-económico como a nivel micro-económico. La principal causa es el cambio radical tecno-científico que introduce una ruptura en el desarrollo del capitalismo y arruina, con sus repercusiones, la base de su poder y su capacidad para reproducirse.

[1] La informatización y la robotización han permitido producir cada vez más mercancías con cada vez menos trabajo. El coste del trabajo por unidad de producto no ha dejado de disminuir y el precio de los productos tiende a bajar. Sin embargo, cuanto más disminuye la cantidad de trabajo para una producción particular, más tiene que aumentar el valor producido por trabajador -su productividad- para que la masa de beneficio no disminuya. Obtenemos por tanto esta paradoja aparente: cuanto más aumenta la productividad, más tiene que aumentar ésta para evitar que el volumen de beneficio disminuya. La carrera hacia la productividad tiende a acelerarse, los recursos humanos a reducirse, la presión sobre el personal a endurecerse, el nivel y la masa salarial a disminuir. El sistema evoluciona hacia un límite interno donde la producción y la inversión en la producción dejan de ser lo suficiente rentables.
Las cifras prueban que se ha alcanzado este límite. La acumulación productiva de capital productivo no ha dejado de experimentar una regresión. En los Estados-Unidos, las 500 empresas del índice Standard & Poor’s disponen de 631 millones de millones de reservas líquidas; la mitad de los beneficios de las empresas americanas proviene de operaciones en los mercados financieros. En Francia, la inversión productiva de las empresas del CAC 40 ni siquiera aumenta cuando sus beneficios se multiplican.
Puesto que la producción ya no es capaz de valorizar todos los capitales acumulados, una parte creciente de ellos se queda bajo la forma de capital financiero. Se constituye una industria financiera que no deja de refinar el arte de hacer dinero comprando y vendiendo solamente diversas formas de dinero. El dinero mismo es la única mercancía que produce la industria financiera a través de operaciones cada vez más arriesgadas y cada vez menos controlables en los mercados financieros. La masa de capital que la industria financiera drena y gestiona supera desde luego la masa de capital que valoriza la economía real (el total de los activos financieros representa 160.000 millones de millones de dólares, es decir de tres a cuatro veces el PIB mundial). El “valor” de este capital es puramente ficticio; descansa en gran parte sobre el endeudamiento y el “good will”, es decir sobre anticipaciones: la Bolsa capitaliza el crecimiento futuro, los beneficios futuros de las empresas, el futuro alza de los precios inmobiliarios, las ganancias que podrán aportar las reestructuraciones, fusiones, concentraciones, etc. Las cotizaciones de la Bolsa se hinchan de capitales y de sus plus-valías futuras: los bancos incitan a las familias a comprar (entre otras cosas) acciones y certificados de inversión inmobiliaria, a acelerar así el alza de las cotizaciones, a pedir prestado a sus bancos importes crecientes en la medida que aumenta su capital ficticio bursátil.
La capitalización de las anticipaciones de beneficios y crecimiento mantiene un endeudamiento creciente, alimenta la economía en liquidez, debidos al reciclaje bancario de plus-valías ficticias, y permite a los Estados-Unidos un “crecimiento económico” que, basado en el endeudamiento interno y externo, es claramente el motor principal del crecimiento mundial (incluso del crecimiento chino). La economía real se convierte en un apéndice de las burbujas especulativas sustentadas por la industria financiera. Hasta el inevitable momento en que las burbujas estallan, arrastran a los bancos hacia bancarrotas en cadena que amenazan de colapsar el sistema mundial de crédito, y que amenazan a la economía real de una depresión severa y prolongada (la depresión japonesa dura ya quince años).
Siempre podremos culpar a la especulación, a los paraísos fiscales, a la opacidad y a la falta de control de la industria financiera (en particular los “hedge funds”), pero la amenaza de depresión, incluso de colapso que pesa sobre la economía mundial, no se debe a la falta de control : se debe a la incapacidad del capitalismo de reproducirse. Sólo se perpetua y funciona sobre bases ficticias cada vez más precarias. Pretender la redistribución, a través del impuesto, de las plus-valías ficticias de las burbujas precipitaría exactamente lo que intenta evitar la industria financiera: la desvalorización de masas gigantescas de activos financieros y la quiebra del sistema bancario. La “reestructuración ecológica” sólo puede agravar la crisis del sistema. Es imposible evitar una catástrofe climática sin romper de manera radical con los métodos y la lógica económica que impera desde hace 150 años. Si prolongamos la tendencia actual, se multiplicará el PIB mundial por un factor 3 o 4 hasta el 2050. Sin embargo, según el informe del Consejo sobre el Clima de la ONU, las emisiones de CO2 tendrán que disminuir de un 85% hasta esta fecha para limitar el calentamiento climático a 2ºC máximo. Más allá de 2ºC, las consecuencias serán irreversibles y no controlables.
Por tanto el decrecimiento es un imperativo de supervivencia. Pero supone otra economía, otro estilo de vida, otra civilización, otras relaciones sociales. Sin estas premisas, sólo se podrá evitar el colapso a través de restricciones, racionamientos, repartos autoritarios de recursos característicos de una economía de guerra. Por tanto la salida del capitalismo tendrá lugar sí o sí, de forma civilizada o bárbara. Sólo se plantea la cuestión del tipo de salida y su ritmo con el cual va a tener lugar.
Ya conocemos la forma bárbara. Prevalece en varias regiones de África, dominadas por jefes de guerra, por el saqueo de las ruinas de la modernidad, las masacres y tráfico de seres humanos, en un panorama de hambrunas. Los tres Mad Max eran novelas de anticipación. _En cambio, no se suele plantear una forma civilizada de salida del capitalismo. La evocación de la catástrofe climática que nos amenaza conduce generalmente a considerar un necesario “cambio de mentalidad”, pero la naturaleza de este cambio, las condiciones que lo hacen posible, los obstáculos que hay que saltar parecen desafiar la imaginación. Proyectar otra economía, otras relaciones sociales, otros métodos y medios de producción y otros modos de vida se tacha de “irrealista”, como si la sociedad de la mercancía, del asalariado y del dinero fuera infranqueable. En realidad una multitud de indicios convergentes sugieren que ya se ha iniciado esta superación y que las probabilidades de una salida civilizada del capitalismo dependen ante todo de nuestra capacidad de distinguir las tendencias y las prácticas que anuncian su factibilidad.

[2] El capitalismo debe su expansión y su dominación al poder que ha adquirido en un siglo, tanto en la producción como en el consumo. Al privar primero a los obreros de sus medios de trabajo y de sus productos, se ha garantizado progresivamente el monopolio de los medios de producción y ha conseguido subsumir el trabajo. Con la especialización, la división y la mecanización del trabajo en grandes instalaciones, los trabajadores se convirtieron en los apéndices de las megamáquinas del capital. Se tornó así imposible para los productores apropiarse de los medios de producción. Gracias a la eliminación del poder de aquéllos sobre la naturaleza y el destino de los productos, se ha asegurado al capital el cuasi-monopolio de la oferta, es decir el poder de anteponer en todos los ámbitos las producciones y los consumos más rentables, así como el poder de crear los gustos y deseos de los consumidores y la manera con la que iban a satisfacer sus necesidades. Este poder es el que la revolución informacional empieza a agrietar.
En un primer momento, el objetivo de la informatización fue la reducción de los costes de producción. Para evitar que esta reducción de costes conllevara la correspondiente baja de los precios de las mercancías, había que, en la medida de lo posible, sustraerlas a las leyes del mercado. Esta sustracción consistía en conferir a las mercancías cualidades incomparables gracias a las que parecen no tener equivalente y dejan de ser por tanto simples mercancías. El valor comercial (el precio) de los productos tenía, por lo tanto, que depender más de sus cualidades inmateriales no medibles que de su utilidad (valor de uso) sustancial. Estas cualidades inmateriales -el estilo, la novedad, el prestigio de la marca, la rareza o “exclusividad”- tenía que conferir a los productos un estatuto comparable al de las obras de arte. Éstas últimas tienen un valor intrínseco: no existe ningún patrón que permita establecer entre ellas una relación de equivalencia o “precio justo”. No son por tanto verdaderas mercancías. Su precio depende de la rareza, de la reputación del creador, del deseo del comprador eventual. Las cualidades inmateriales incomparables proporcionan a la empresa productiva el equivalente de un monopolio y la posibilidad de asegurarse una renta de novedad, rareza, exclusividad. Esta renta esconde, compensa y a menudo sobrecompensa la disminución del valor en su aceptación económica que la reducción de los costes de producción genera para los productos en tanto que mercancías por esencia intercambiables entre sí según la relación de equivalencia. De un punto de vista económico, la innovación no crea valor: es el medio para crear una rareza fuente de renta y conseguir un sobreprecio en detrimento de los productos competidores. La parte de la renta en el precio de una mercancía puede ser diez, veinte o cincuenta veces más grande que su coste de producción, y no sólo se aplica a los artículos de lujo ; también se aplica a los artículos del día a día como zapatillas de deporte, camisetas, móviles, discos, pantalones vaqueros, etc.. Sin embargo, la renta no tiene la misma naturaleza que el beneficio: no corresponde a la creación de un aumento de valor, de una plus-valía. Redistribuye la masa total del valor a favor de las empresas rentistas y en detrimento de los otros; no aumenta esta masa [1].
Cuando el incremento de la renta se convierte en la meta determinante de la política de las empresas -más importante que el beneficio que, por su parte, choca con el límite interno que hemos indicado antes- la competencia entre empresas descansa ante todo sobre su capacidad y rapidez de innovación. De ella depende ante todo la amplitud de su renta. Por tanto intentan superarse con el lanzamiento de nuevos productos o modelos o estilos, con la originalidad del diseño, con la inventiva de sus campañas de marketing, con la “personalización” de sus productos. La aceleración de la obsolescencia, que va de la mano con la menor durabilidad de los productos y de la menor facilidad para repararlos, se convierte en el medio decisivo para aumentar el volumen de ventas. Obliga a las empresas a inventar continuamente necesidades y deseos nuevos, a atribuir a las mercancías un valor simbólico, social, erótico, a difundir una “cultura del consumo” que apuesta por la individualización, singularización, rivalidad, envidia, es decir, lo que he llamado en otro escrito la “socialización antisocial”.
En este sistema todo se opone a la autonomía de los individuos ; a su capacidad de reflexionar juntos sobre sus objetivos y necesidades comunes ; de concertarse sobre la mejor manera de eliminar el despilfarro, de ahorrar recursos, de elaborar juntos, como productores y consumidores, una norma común de lo suficiente -lo que Jacques Delors llamaba una “abundancia frugal”. Sin duda alguna, la ruptura con la tendencia del “producir más, consumir más” y la redefinición autónoma de un modelo de vida que aspira a hacer más y mejor con menos, supone la ruptura con una civilización donde no se produce nada de lo que se consume y no se consume nada de lo que se produce ; donde los productores y consumidores están separados y donde cada uno se opone a sí mismo ya que es siempre lo uno y lo otro a la vez ; donde todas las necesidades y todos los deseos se centran en la necesidad de ganar dinero y el deseo de ganar más ; donde la posibilidad de autoproducción para el autoconsumo parece fuera de alcance y ridículamente arcaico - sin razón.
Sin embargo, la “dictadura de las necesidades” pierde fuerza. La influencia que las empresas ejercen sobre los consumidores se vuelve más débil a pesar del aumento exponencial de los gastos para el marketing y la publicidad. La tendencia a la autoproducción gana de nuevo terreno gracias al peso creciente que tienen los contenidos inmateriales en la naturaleza de las mercancías. El monopolio de la oferta escapa poco a poco al capital.
No era difícil privatizar y monopolizar contenidos inmateriales mientras los conocimientos, ideas, conceptos utilizados en la producción y concepción de las mercancías se definían en función de máquinas y de artículos en los que se incorporaban para un uso concreto. Máquinas y artículos se podían patentar y la posición de monopolio quedaba protegida. La propiedad privada de los conocimientos y de los conceptos se hacía posible, ya que eran inseparables de los objetos que les materializaban. Eran un componente del capital fijo.
Pero todo cambia en el momento en que los contenidos inmateriales no son inseparables de los productos que los contienen, ni siquiera de las personas que los poseen; cuando acceden a una existencia independiente de todo uso particular y se convierten en susceptibles de ser reproducidos en cantidades ilimitadas por un coste ínfimo, tras su traducción en programas. Entonces se pueden convertir en un bien abundante que, por su disponibilidad ilimitada, pierde cualquier valor de cambio y cae en el dominio público como bien común gratuito - salvo si se consigue impedirlo al prohibir el acceso y el uso ilimitados para los cuales está hecho. El problema que enfrenta “la economía del conocimiento” proviene del hecho de que la dimensión inmaterial de la que depende la rentabilidad de las mercancías no es, en la edad de la informática, de la misma naturaleza que éstas últimas: no es propiedad privada ni de las empresas ni de sus colaboradores; no tiene un carácter privatizable y no puede por consiguiente convertirse en una verdadera mercancía. Sólo se puede disfrazar de propiedad privada y mercancía al reservar su uso exclusivo a través de artimañas jurídicas o técnicas (códigos de acceso secretos). No obstante este disfraz no cambia nada a la realidad de bien común del bien así disfrazado: sigue siendo una no-mercancía no vendible cuyo acceso y uso libres están prohibidos porque permanecen siempre posibles, porque le amenaza las “copias ilícitas”, las “imitaciones”, los usos prohibidos. Incluso el autodenomidado propietario no los puede vender, es decir transferir la propiedad privada a otro, como lo haría con una verdadera mercancía; sólo puede vender un derecho de acceso o de uso “bajo licencia”.
Así la economía del conocimiento se basa en una riqueza cuya vocación es la de ser un bien común, y los patentes y copyrights que debieran privatizarlo no cambian nada: la era de la gratuidad se expande de manera irrefrenable. La informática y el Internet atacan las bases del reino de la mercancía. Todo lo que se traduce en lenguaje numérico y reproducible, comunicable sin gastos tiende irresistiblemente a convertirse en un bien común, incluso en un bien común universal cuando es accesible a todos y utilizable por todos. Cualquiera puede reproducir con su ordenador contenidos inmateriales como el diseño, planes de construcción o de montaje, fórmulas y ecuaciones químicas; inventar sus propios estilos y formas ; imprimir textos, grabar discos, reproducir tablas. Más de 200 millones de referencias están actualmente accesibles bajo licencia “creative commons”. En Brasil, donde la industria del disco comercializa 15 nuevos discos al año, los jóvenes de las favelas graban 80 discos por semana y los difunden en la calle. Las tres cuartas partes de los ordenadores fabricados en 2004 se construyeron en favelas con los componentes de materiales desechados. El gobierno apoya a las cooperativas y agrupaciones informales de autoproducción para el auto-abastecimiento. Claudio Prado, que dirige el departamento de cultura numérica en el ministerio de Cultura de Brasil, hace poco: “El empleo es una especie en vía de extinción Tenemos la intención de saltarnos esta fase sin interés del siglo XX para pasar directamente del siglo XIX al siglo XXI”. Por ejemplo se ha apoyado oficialmente la autoproducción de ordenadores: se trata de favorecer la “apropiación de las tecnologías por los usuarios con un objetivo de transformación social”. La próxima etapa será lógicamente la autoproducción de medios de producción. Volveré sobre este tema.
Lo importante por el momento es que la principal fuerza productiva y la principal fuente de rentas caen progresivamente en el dominio público y tienden hacia la gratuidad; que la propiedad privada de los medios de producción y por tanto el monopolio de la oferta son cada vez menos posibles ; que por consiguiente la influencia del capital sobre el consumo se relaja y éste puede tender a emanciparse de la oferta mercantil. Se trata aquí de una ruptura que ataca la base del capitalismo. La lucha emprendida entre los “programas propietarios” y los “programas libres” (libre, “free”, es también el equivalente en inglés de “gratuito”) ha sido el inicio del conflicto central de esta época. Se extiende y se prolonga en la lucha contra la mercantilización de las riquezas primas -la tierra, las semillas, el genoma, los bienes culturales, los saberes y las competencias comunes que constituyen la cultura cotidiana y que son las condiciones previas a la existencia de una sociedad. Del resultado de esta lucha dependerá que la salida del capitalismo tenga lugar de forma civilizada o bárbara.
Salir del capitalismo implica necesariamente nuestra emancipación de la influencia que ejerce el capital sobre el consumo y de su monopolio sobre los medios de producción. Significa restablecer la unidad del sujeto de la producción y del sujeto del consumo y retomar la autonomía en la definición de nuestras necesidades y de su modo de satisfacción. El obstáculo insalvable que el capitalismo había colocado en este camino era el carácter mismo de los medios de producción que había creado: constituían una megamáquina donde todos eran sirvientes y que nos dictaba qué fines perseguir y qué vida llevar. Este periodo llega a su fin. Los medios de autoproducción high-tech convierten la megamáquina industrial en virtualmente obsoleta. Claudio Prado alega “la apropiación de las tecnologías” porque todos pueden apropiarse la clave común de todas: la informática. Porque, como lo pedía Iván Illich, “cada uno puede utilizarla sin dificultad tan a menudo o tan poco como lo desea” sin que el uso que hace de ella usurpe la libertad de otros de hacer lo mismo”; y porque este uso (se trata de la definición de Illich de las herramientas conviviales) “estimula la realización personal” y amplía la autonomía de todos. La definición que Pekka Himanen da de la Etica Hacker es bastante parecida: un modo de vida que antepone “la felicidad de la amistad, del amor, de la libre cooperación y de la creatividad personal”. Las herramientas high-tech existentes o en curso de desarrollo, generalmente comparables a periféricos de ordenadores, apuntan hacia un futuro donde prácticamente todo lo necesario y deseable podrá ser producido en talleres cooperativos o comunales ; donde las actividades de producción se podrán combinar con el aprendizaje y la enseñanza, con la experimentación y la investigación, con la creación de nuevos gustos, perfumes y materiales, con la invención de nuevas formas y técnicas agrícolas, de construcción, de medicinas, etc.. Los talleres comunales de autoproducción estarán interconectados a escala global y podrán intercambiar o poner en común sus experiencias, invenciones, ideas, descubrimientos. El trabajo será productor de cultura, la autoproducción un modo de plenitud.
Dos circunstancias abogan en favor de este tipo de desarrollo. La primera es que existe bastante más know-how, talento y creatividad de lo que la economía capitalista es capaz de utilizar. Este excedente de recursos humanos sólo puede ser productivo en una economía donde la creación de riqueza no se someta a criterios de rentabilidad. La segunda es que “el empleo es una especie en vía de extinción”.
No digo que estas transformaciones radicales vayan a tener lugar. Sólo digo que por primera vez podemos querer que se realicen. Los medios existen, así como la gente que los ponen en práctica metódicamente. Es probable que sean los sur-americanos o sur-africanos los primeros que decidan recrear en los suburbios desheredados de las ciudades europeas los talleres de autoproducción de su favela o de su township de origen.

André Gorz, el 17/09/2007.

Traducción y revisión de Florent Marcellesi y Lara Pérez Dueñas.

[1] El valor trabajo es una idea de Adam Smith, que veía en el trabajo la sustancia común de todas las mercancías y pensaba que éstas se intercambiaban según la cantidad de trabajo que contenían.
El valor trabajo no tiene nada que ver con lo que entenderíamos hoy en día y que (en el caso de Dominique Méda y otros) se tendría que designar como trabajo valor (valor moral, social, ideológico, etc.).
Marx afinó y siguió trabajando en la teoría de A. Smith. Simplificando al máximo, se puede resumir la noción económica de la manera siguiente: una empresa crea valor al producir una mercancía vendible con trabajo para cuya remuneración pone en circulación (crea, distribuye) poder adquisitivo.
Si su actividad no aumenta la cantidad de dinero en circulación, no crea valor. Si su actividad destruye empleo, destruye valor. La renta de monopolio consume el valor creado en otras partes y se lo apropia.

octubre 31, 2008

DE CONTRADICCIONES, MASTURBACIONES Y ULCERAS


¡Obrador aguanta, el pueblo se levanta!

¡Magnifico!
¡Estupendo!
¡Maravilloso!
¡Grandioso!
¡Formidable!
¡Fantástico!
¡Cojonudo!
También hay otro sinónimo… ¡Increíble!

¿De cuantas personas se compone este Pueblo dispuesto a levantarse… decenas, centenas, miles, decenas de miles, centenares de miles, millones?

Seamos optimistas y supongamos que son centenares de miles, o hasta millones… este Pueblo ¿realmente se levanta o solo acompaña?

¡Ya!... no seas tan cínico… no ves que no se trata de un movimiento insurreccional, sino solo de su alumbramiento… del cual Obrador no es el “líder”, sino la comadrona… ya veras cuando el niño crezca y camine solo. Antes de correr hay que caminar, y antes de caminar hay que gatear… paciencia… paciencia.
Además… las condiciones objetivas (vieja reminiscencia del lenguaje marxista leninista) no son propicias.
Además… tampoco existe tal contradicción (que te place tanto señalar) entre la lucha en el espacio institucional y la lucha en la calle… entiende, de una vez por todas, que son complementarias, ¡complementarias! (separando muy bien las silabas, para su mejor entendimiento) ¡Ya entendiste!, o a poco no sabes que complementar significa “añadir un complemento a una cosa para hacerla mejor, más completa, efectiva o perfecta.“

¡Derrotista!
¡Provocador!

No… de hecho, solo cuido mi ulcera.

De sensibilidad antiautoritaria y formación libertaria (anarquista debería decir si no tuviese el temor de caer en la trampa lingüística de quienes tienen el poder de dar sentido a las palabras y conceptos), con toda sinceridad y convicción “pienso” (digamos que siento y no fabulo) lo que escribo… lo malo es que al tiempo que redacto estos textos cargados de rabia y resentimiento contra un sistema construido sobre la dominación (y también quienes la ejercen y quienes se someten a ella… lo que hago, e incrementa mi rabia) me plegó a la lógica contable empresarial, y en base a simples cálculos de costo/beneficio (¿para quién?, para la empresa obviamente) participo del despido de decenas de trabajadores (y esto porque la empresa es mediana, que de ser grande serian centenas o miles) sin hacerme demasiadas preguntas sobre lo que significa para una persona quitarle su empleo, cuando la gran mayoría de las veces es humilde y jefe de familia. Suerte que (también con toda sinceridad y convicción) pienso que el trabajo es lo peor de la condición humana (esta condición humana, en este sistema)… y que en cierta medida, quizás, le hago un favor… siempre y cuando el así lo sienta y viva (en cuyo caso, ¿su familia también lo sentirá y vivirá como tal?).

Por lo cual lo que hago cuando escribo estos textos es en realidad masturbarme. Por el placer de escribir (que para mi es el mayor de los placeres) y porque así (de paso, como sin querer) me compro, a buen precio, una buena consciencia.
En fin, que para cuidar mi ulcera, tomo diario una capsula de Losec 20… y escribo… estos desvaríos.

Atreviéndome, me permito abrir un paréntesis para especular (nada mas por la gente que me ha tocado cruzar cuando yo también me uno) que muchos de quienes participan de las marchas, mítines informativos y otras manifestaciones, convocadas por López Obrador… además de asistir a la misa que oficia su guía espiritual… también se masturban… y también se compran a buen precio una cierta “paz interior” que su diario actuar abolla con pertinaz frecuencia (con todo y lo tautológico de la expresión).

Puede ser que todo movimiento insurreccional requiera de quien lo alumbre, lo ayude a ver la luz… pero no seremos ni yo ni muchos de quienes, como yo, acompañan a López Obrador en sus misas (bueno… manifestaciones para que no nos enfrasquemos en mas estériles enfrentamientos que no hacen mas que dividirnos) quienes seremos parte de esta insurrección… tenemos todavía demasiado que perder… la rutina de nuestra pequeña (pero insustituible) vida nos ocupa todavía demasiado… para ir mas allá de una placentera masturbación… y contentarnos con ver el espectáculo del mundo… comentándolo con la sonrisita socarrona de quienes pueden darse el lujo de discurrir de la violencia y la miseria que no padecen en su cuerpo sino únicamente en su intelecto.

octubre 25, 2008

LA CIRCUNSTANCIA Y LO CENTRAL


¿Luchar en las instituciones o en la calle?

Finalmente el mayor impugnador de la reforma energética que pretendía la privatización de Pemex ha sido derrotado por quienes la promovían.

El discurso oficial y el de los medios afines a los intereses de la elite política y económica (que son la casi totalidad) es, como debe de ser, doble.
Por un lado, se congratulan de la aprobación de una reforma que transformara en profundidad a Pemex (la mayor y mas relevante desde 1938, dixit Calderón) y por el otro lado se quejan amargamente de que la iniciativa del señor Presidente se haya visto reducida a su minima expresión, llegando a afirmar que “el peje” ha salido victorioso en estas vencidas.

La verdad es que Andrés Manuel López Obrador ha sido derrotado, y diría yo que por Knock Out.

Uno, porque las leyes, todas, están hechas para salvaguardar los intereses de quienes mandan (incluso las que aparentemente son favorables a los dominados, tienen como finalidad ultima la salvaguarda de los intereses “bien entendidos” de la elite) y solo los súbditos tienen la obligación de respetarlas (so pena que al no hacerlo les caiga encima “todo el peso de la ley”) siendo que quienes las idearon, armaron, promovieron y votaron, tienen el suficiente poder real (no el formal de los poderes dizque “legalmente constituidos”) para pasársela por el arco del triunfo.
En las altas esferas de este poder real se tomo la decisión de privatizar Pemex… y con cualquier ley, la que sea, en los hechos esto será lo que ocurrirá… sin la menor duda.
Si hoy se dio un paso atraso, este es únicamente táctico, por conveniencia política y sobre todo económica.
Obviamente, confrontado a una crisis económica mayor, de alcance mundial y no solo nacional, cuya profundidad y duración son hoy imprevisibles, hubiese sido suicida para el Estado matar, a la voz de ya, la gallina de los huevos de oro (negro) cuando esta le proporciona mas del 40% de sus ingresos fiscales. Además, con mayor razón si esta misma crisis, como una de sus consecuencias, se traduce por el desplome de los precios de este mismo oro negro.
Cuando el temporal haya amainado y las condiciones económicas sean mas propicias ya abra tiempo para proceder a una privatización de hecho… al fin que las leyes siempre se pueden interpretar como mas convenga y que con los suficientes pantalones y el respaldo del uso legitimo de la violencia (esencia de todo Estado) las condiciones políticas son lo de menos.

Dos, porque la reforma energética no es mas que la circunstancia, siendo lo central la respuesta que se de a la interrogante de saber si la lucha política tiene que darse en los espacios institucionales o en la calle.
Los espacios institucionales (esencialmente los poderes que conforman el sistema representativo y partidista) son espacios controlados por todos los que conforman la elite que, para su exclusivo provecho, ejerce la dominación; a saber, la clase política, los dueños del capital, la tecnocracia, la mediocracia (dueños de los medios de comunicación), etc., etc.
En el lado opuesto, la calle es el espacio donde se expresa, de múltiples formas, la plebe, o sea todos los que padecemos la sumisión y a quienes se nos niega la condición de ciudadanos, es decir de individuos con el real poder de tomar directamente las decisiones que involucran el presente y el porvenir de la comunidad a la cual hemos decidido pertenecer.

Sobre esta base, no hay la menor duda de que AMLO ha sido duramente derrotado. La batalla que el pretendía que se diera en la calle termino (como era mas que previsible) dándose en el Parlamento, donde (salvo honrosas excepciones, como el mismo acostumbra decir) los miembros de su mismo partido no tuvieron el menor empacho en aprobar una ley redactada por sus adversarios. Se dice que estos incurrieron en una “traición”, nada mas equivocado. Como buenos políticos que son no hicieron mas que respetar las reglas básicas de su oficio, que son, uno, mentir y engañar descaradamente (la principal virtud de todo “buen político” consiste en saber disfrazar la mentira de verdad), y dos, procurar por sus propios intereses en tanto que miembros del aparato que institucionaliza la dominación.

El meollo de su derrota queda perfectamente ilustrado por el hecho de que el señor siga siendo miembro de este partido mal llamado de la “Revolución Democrática”.
No se atreve a decidirse de una vez por todas entre la lucha dentro del espacio institucional y la lucha en la calle, sino que ha optado por tener siempre los dos fierros en la lumbre. Pretende mezclar el agua y el aceite, hacer uso de la gasolina y el fuego pero sin que se declare y propague el incendio.
No se atreve a dar el paso, abandonar la lucha institucional a los políticos y adentrarse decididamente a la lucha en la calle, porque sabe, intuye, que una vez dado este paso no hay marcha atrás posible, solo puede ser una lucha frontal, ahorra si hasta sus ultimas consecuencias, es decir enfrentarse a la fuerza represora del Estado, tanto para el en lo personal como para quienes estén dispuestos a seguirlo por este camino. Aunque por lo del verbo “seguir” (con todo lo que este implica) lo ideal seria poder escribir “quienes tomen, de acuerdo con su propia consciencia, la decisión de ir por este mismo camino”… para lo cual falta que pase todavía mucha agua por debajo del puente.

De hecho, esta ambigüedad no se dio en ocasión de esta “lucha” contra la privatización de Pemex, sino desde mucho antes… desde el famoso “Plantón de Reforma”.
Haciendo un poco de memoria nos acordaremos que después de la mezcla del refinado fraude electrónico con el burdo fraude a la antigüita en las elecciones presidenciales del 2006, quienes se sintieron defraudados salieron a la calle por centenas de miles, durante varios fines de semana. El movimiento iba in crescendo cuando, en su momento mas álgido, cuando los participantes estaban esperando que se les llamara a dar un paso que fuese decisivo, el “guía” (escudándose detrás de la legitimación de la farsa de un voto a mano alzada) tomo la decisión de detener todo, parar el movimiento, inmovilizarlo. Durante largas semanas lo que era dinámica se transformo en plantón.
Plantón que le dio un certero tiro de gracia a todo intento posterior de movilización. Si bien, por un tiempo, en algunas ocasiones, el guía logro reunir alguna muchedumbre en el Zócalo, quienes asistían a las “reuniones informativas” (el nombre lo decía todo) habían perdido toda veleidad de combatir, solo asistían piadosamente a la misa donde su Mesías les destilaba un discurso cada vez mas conformista, derrotista.
El mal estaba hecho, el soleado domingo 30 de julio (día del llamado al plantón) se había escogido la derrota… con tal de no transitar por el camino que podía llevar a la violencia, al derramamiento de sangre (dixit López Obrador en la película documental de Luis mandoki “Fraude. México 2006”).

Lo que siguió, la derrota de la lucha contra la privatización de Pemex no es mas que “lodos de aquel polvo”.

Me parece que más claro ni el agua… esta lucha, como cualquier otra, tenia que haberse dado en la calle… en el ámbito institucional… siempre nos fregaran… ¡para esto existe!
Que abra que pagar un precio… alto, quizás muy alto… tampoco hay la menor duda.
¿Estamos dispuestos a pagarlo?... la respuesta no nos la tiene que dar algún guía o Mesías… sino nosotros mismos. Estamos en libertad de contestar que no… pero entonces no nos lamentemos… no culpemos al que quiso pero no se atrevió.
Desde que la plebe es plebe (es decir desde los tiempos mas remotos de la historia) todos los “alzamientos” de esta se han terminado en su derrota… por darse guías, jefes o caudillos que la traicionaron… por confiar en fuerzas o personajes (ajenos a su esencia como plebe) que supieron utilizar sus “revueltas” para sus propios fines.
Fue el caso del “retiro” de la plebe romana en el monte Aventino en 494 antes de Cristo, la revuelta de los Ciompi en la Florencia de fines del siglo XIV, los “Sans culotte” y los “Enragés” de la Revolución francesa de 1790 a 1793, la sublevación y organización del pueblo de Paris en la Comuna de 1871, los “Soviets Makhnovistas” en la Rusia leninista, los “consejos obreros” alemanes después de la primera guerra mundial, los anarquistas españoles (sobre todo catalanes) que hicieron realidad el sueño libertario en el periodo del “corto verano” de 1936 hasta mayo de 1937.

Algunos libros tratando del tema y cuya lectura es altamente recomendable:
« La revolución traicionada » de Miguel Amorós.
« L’expérience plébéienne » de Martin Breaugh.
« La grande mêlée des utopies » de Regis Gayraud.
« Le rêve en armes » de Julius Van Daal.
« La révolution mise à mort par ces célébrateurs même » de Jean Paul Musigny.


PD: No soy politólogo ni sociólogo y mucho menos economista, simplemente me limito (dentro del alcance de mis facultades de entendimiento) a ser un atento espectador de este mundo...
y es en esta calidad que me parece que la magnitud de la crisis (a la cual, a mi entender, le faltan todavía muchos peldaños por escalar) y las muy graves consecuencias de esta sobre la ¿vida? de la gran mayoria de los mexicanos (particularmente los mas pobres) van a ser tales que en poco tiempo la pradera sera tan seca que cualquier chispa podría provocar un incendio de proporciones mayúsculas... ¿alguien se atreverá a prender el cerillo?.

octubre 22, 2008

SUPLICA para pasar de unos puntos suspensivos al punto final.



En una entrada anterior titulada “Como y cuando morir(é)” ya había abordado este tema con mas profundidad, sin embargo un cierto estado de animo me lleva a retomarlo (mucho mas brevemente) insistiendo en la “ayuda” que espero recibir en caso de ser necesario.


Como todo adolescente, a los dieciséis, diecisiete o dieciocho años… quise morir… sin saber exactamente porque… simplemente por la insoportable sensación del inmenso vacío… la infinita ausencia que uno siente… la terrible contradicción entre lo inacabado de su propio ser y la consciencia de su finitud.

Después… a veces, pocas veces… por un tiempo, poco tiempo… por una compañía, un amor, un amanecer o un atardecer, un arco iris, el olor de la tierra después de la tormenta… esta desagradable sensación desaparece… se esfuma… nos sentimos vivos.

El resto del tiempo… el vacío sigue ahí… pero lo que osamos llamar la vida, siendo que no es mas que la sobrevivencia, la dictadura de las necesidades biológicas, la permanencia de la rutina, la inacabable repetición, la persistencia de lo inasible y evanescente… nos embarga… nos mata en vida… nos mantiene en vida estando muerto.

Ausencia… a la vida… que sustituimos pobremente por nuestra virtual presencia al mundo… a su espectáculo… la contemplación del mirón.

Entonces… si duele admitir no haber vivido… mas nos duele sabernos condenados a no poder seguir siendo ni siquiera espectadores… simples mirones de este mundo que tenemos que abandonar… por siempre.

Sin embargo, algún día… por fin… aceptamos el hecho de ser mortales… serlo ya no nos atemoriza… ni siquiera nos asusta… solo nos importa… quizás… el como.

Lo mas temido… lo inaceptable… una dolorosa agonía… la del perro atropellado, solo, al borde de la carretera… la de la cama del hospital… rodeado de parientes, amigos, médicos y enfermeras, atentos e indiferentes, afligidos o regocijados… quízas con tubos entrando y saliendo por todos lados del martirizado cuerpo, viendo sin ver… queriendo hablar sin poder abrir la boca… sufriendo lo indecible sin poder siquiera quejarse.

Lo ideal… para algunos…el infarto fulminante… el accidente fatal que nos hace pasar de este mundo a la nada en cuestión de segundos… décimas de preferencia.

Para otros… para mi… el poder vivir mi propia muerte… en presencia de quienes creemos amar… o de quienes creemos ser amados… conscientes y serenos… el ultimo adiós con nuestro ultimo aliento… pero eso si… sin el dolor de la envoltura.

Para mi… quizás para otros… tener la osadía y el valor… de decidir de la hora… de asumir y ejercer mi ultima acto de ser perteneciente a la raza humana… quizás el único que avala mi humanidad… antes de regresar al polvo originario.

Ahorra que si un día me hundo en el dolor… la incapacidad física o mental me impide valerme por mi mismo… niega mi humanidad para dejarme con mi sola animalidad… me imposibilita sustituir todos estos puntos suspensivos por el único y ultimo punto final… espero… suplico… que alguien tenga el valor y la bondad… de hacerlo por mi.

De antemano gracias.


octubre 01, 2008

¡A POR ELLOS!



A continuación la reproducción de una carta dirigida por Michael Moore a sus conciudadanos. Tómense el placer de leerla… y después, sigan con la lectura de mis comentarios al respecto.


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Amigos. Déjenme ir al grano. Mientras ustedes leen estas líneas se está llevando a cabo el robo más grande en la historia de este país. Aunque no se están empleando armas, 300 millones de personas fueron tomadas como rehenes. No nos equivoquemos: después de cinco años de robarse medio trillón de dólares para llenar los bolsillos de sus aliados que se enriquecen con la guerra, después de forrar con dinero a los magnates petroleros con 100 mil millones de dólares en los pasados dos años, Bush y sus secuaces –que pronto dejarán vacante la Casa Blanca– están saqueando todos los dólares que se encuentran del Tesoro de Estados Unidos. Están barriendo con todos los cubiertos de plata que pueden mientras caminan rumbo a la puerta de salida.

No importa lo que digan, no importa cuántas palabras empleen para asustarlos; están recurriendo a las viejas triquiñuelas para fomentar el miedo y la confusión para mantenerse a sí mismos y a uno por ciento de la población asquerosamente rica. Sólo basta leer los primeros cuatro párrafos del reportaje principal del New York Times del pasado lunes para conocer de qué se trata todo este asunto:

“Aunque los legisladores trabajaron en los detalles del rescate de la industria financiera por 700 mil millones de dólares, Wall Street volvió a buscar la manera de lucrar con el plan.

“Las firmas financieras cabildearon para lograr la cobertura de todas las formas de inversiones problemáticas, no sólo las relacionadas con las hipotecas.

“Al mismo tiempo, las firmas de inversión maniobraron para supervisar todos los activos que el Tesoro planea eliminar de los registros de las instituciones financieras, una actividad que podría generarles cientos de millones de dólares al año en honorarios. Nadie quiere ser excluido de la propuesta del Tesoro para la compra de los activos de mala calidad.”

Increíble. Wall Street y sus partidarios fueron los artífices de este desorden y ahora pretenden limpiarlo como viles bandidos. Hasta Rudy Giuliani está haciendo cabildeo con su consultoría para ser contratado (recibir sueldo) y brindar asesoría en el rescate.

El problema es que nadie sabe en verdad a qué se debe este “colapso”. Aun el secretario del Tesoro, Paulson, admitió ignorar la cantidad exacta que se requiere (¡se le ocurrió de la nada la cifra de 700 mil millones!) El director de la oficina de presupuestos del Congreso afirma que no podía entenderlo ni explicarlo.

No obstante, dicen histéricos que ¡el final está cerca! ¡Pánico! ¡Recesión!

¡La Gran Depresión! ¡Y2K! ¡La gripe aviar! ¡Abejas asesinas! ¡Debemos aprobar la ley del rescate hoy mismo! ¡El cielo se está cayendo! ¡El cielo se está cayendo!

¿Cayéndosele a quién? No hay NADA en este paquete de “rescate” que baje el precio de la gasolina que debemos cargar en nuestros vehículos para ir al trabajo. NADA en esta iniciativa nos protegerá de perder nuestro hogar. NADA en esta iniciativa nos dará un seguro médico.
¿Seguro médico? Mike, ¿por qué hablas sobre ese tema? ¿Qué tiene que ver con el colapso de Wall Street?

Tiene mucho que ver. El supuesto “colapso” fue desencadenado por la moratoria y la pérdida de hogares de la gente con deudas hipotecarias. ¿Saben por qué tantos estadunidenses están perdiendo sus hogares? Los republicanos explicarían que se debe a que muchos idiotas de la clase trabajadora recibieron hipotecas que en realidad no podían pagar. Pero la verdad es ésta: la razón número uno por la cual la gente se declara en bancarrota es por el costo de sus cuentas médicas. Déjenme ponerlo de forma más simple: si tuviéramos un sistema universal de salud, esta crisis hipotecaria jamás habría sucedido.

El objetivo de este rescate es proteger la obscena acumulación de riqueza que ha sido amasada en los ocho años anteriores. Es para proteger a los accionistas que poseen y controlan a las corporaciones en Estados Unidos. Es para asegurarse que sus yates y mansiones y su “forma de vida” no sean interrumpidos mientras el resto de los estadunidenses sufren y luchan para pagar las cuentas. Dejemos que los ricos sufran al menos una vez. Que paguen el costo del rescate. Estamos gastando 400 millones de dólares al día en la guerra de Irak. ¡Que acaben de una vez con la guerra y nos ahorraremos otro medio trillón de dólares!

Están protagonizando un golpe de Estado financiero en contra de nuestro país.

Esperan que el Congreso actúe rápido para evitar que piensen, antes de que tengamos la oportunidad de detenerlos. Así que dejen de leer esto y hagan algo ¡YA! Pueden poner manos a la obra de manera inmediata:

1. Llamen o envíen un correo al senador Barack Obama. Díganle que no necesita sentarse a ayudar a Bush y a Cheney y todo el desastre que han provocado. Díganle que tiene la inteligencia para detener el ritmo de los acontecimientos y encontrar cuál es el mejor camino a escoger. Digámosle que los ricos deben pagar por la ayuda que se les proporciona. Usemos la influencia que tenemos en estos momentos para insistir en una moratoria a todos los embargos e insistir en adoptar la cobertura universal de salud, y decirles que el pueblo necesita tomar las riendas de las decisiones económicas que afectan nuestras vidas, no a los barones de Wall Street.

2. Tomen las calles. Participen en cualquiera de las cientos de manifestaciones espontáneas que están brotando en todo el país (especialmente aquellas cerca de Wall Street y DC).

3. Llamen a sus representantes en el Congreso y en el Senado. Cuéntenles lo que le dijeron al senador Obama.

Cuando uno se equivoca en la vida, los errores se pagan en el infierno. Cada uno de ustedes que leen este texto, conocen esa lección elemental y ha pagado las consecuencias de sus actos en algún punto de su vida. En esta gran democracia no podemos permitir que exista un conjunto de reglas para la mayoría de los ciudadanos trabajadores y otras reglas para la elite, la cual, cuando se equivoca, recibe regalos en bandeja de plata. ¡No puede ser! ¡No de nuevo!

Suyo, Michael Moore

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Estoy totalmente de acuerdo con el contenido de esta carta… es mas ya quisiera tener yo el afilado y contundente talento literario de su autor para poder escribir una pieza semejante… sin embargo mi acuerdo termina donde el guarda su sarcasmo para invitar sus lectores a que tomen su pluma y/o su computadora para escribir a Barack Obama, así como su teléfono para dirigirse a “sus” representantes en el Congreso… e incluso cuando los llama a participar en las manifestaciones espontáneas que, según su dicho, brotan por todo el país.

No, nada de esto servirá para algo mas que no sea irse a la cama con el agradable sentimiento de haber “hecho algo” contra esta mega tomadura de pelo.

El rescate, sea este u otro con distintas modalidades, tendrá lugar, pase lo que pase… y este tendrá como finalidad rescatar no a Main Street sino a Wall Street.
No... como lo dice si bien Moore, el infierno no es para todos… hay quienes a la hora del juicio final tienen que responder de sus actos y quienes no solo no tienen que hacerlo sino que se ven otorgado un pase directo al lado del Creador y sus Ángeles.

No… ni el Estado, ni el Sistema jamás “castigaran” a estos señores… por la simple razón de que su principal tarea es la de proteger y auspiciar sus fechorías…lo que tendríamos que hacer es justicia con nuestras propias manos.

¡Que los rescaten!… para esto están… para esto nosotros mismos los pusimos donde se encuentran.

Lo que nos toca no es enfrentar al Estado o al Sistema… las fuerzas son demasiado desiguales… no… lo que deberíamos hacer es formar comandos e… ¡ir por ellos!… Ajusticiarlos uno por uno… no se requiere de mucho armamento ni de mucha pericia en su empleo … simplemente de un poco (o mucho) valor… basta de un tiro en la cabeza o de una bomba a su paso… las ocasiones no deberían de faltar… no forzosamente hoy, no tenemos prisa, la justicia los puede alcanzar cuando queramos, cuando podamos.

Nos llamarían asesinos, terrorista… y contestaríamos… ¡A mucha honra!… ¡Cuantas vidas no han sesgado ellos para poder enriquecerse!… eso si sin mancharse las manos de sangre… dejando simplemente que las Leyes del Mercado lo hagan en su lugar.



septiembre 23, 2008

Georges Bataille LA NOCION DE GASTO

GEORGES BATAILLE (1897 - 1962)

En 1924 Bataille trabaja ya como archivista en el departamento de numismática de la Biblioteca de París, ocupación esta, la de bibliotecario y erudito bibliófilo, que realizará durante toda su vida. Este mismo año conoce a Michel Leiris y al pintor André Masson y con ellos a los surrealistas y, como no, al "papa" Breton con el que mantendrá una larga relación de disputas y desencuentros.
En 1931 conoce a Boris Souvarin y se incorpora al "Cercle Comuniste Démocratic", publicando varios artículos en su revista "La Critique Social", como "El problema del Estado" o "La estructura psiclológica del fascismo", es ahí donde en 1933 publica "La noción de gasto".
En 1935 formará Contre-Attaque, grupo definido como antifascista, antinacionalista y antidemócrata y que preconiza la revolución moral y sexual, reivindicando, entre otros, a Sade, Nietzsche y Fourier. El año siguiente, junto con André Masson e instalados en Tossa de Mar, coincidiendo con la Revolución en Catalunya, realizan la revista "Acéphale", de la que editaran 4 números. Posteriormente, junto a Roger Callois y Leiris, formara el "Colegio de Sociología sagrada". En 1946, funda la revista "Critique", aún vigente.
Durante 40 años, al mismo tiempo que frecuenta burdeles, tabernas y apasionadas relaciones amorosas, Bataille compone una obra tan lúcida como difícil de clasificar: relatos pornográficos, poemas, ensayos filosóficos, antropológicos y económicos, crítica política y literaria, e importantes escritos de arte.
Sin embargo, una idea común recorre su obra, la concepción de que la condición humana es esencialmente paradójica y que el ser humano es, ante todo, un animal contradictorio, hecho este que hace de la vida de cada individuo y de la humanidad entera una tragedia de difícil solución y que nos somete a una tensión constante entre, por ejemplo, el deseo de ganancia y el de perdida, entre la acumulación y la destrucción de energía, entre el trabajo y la fiesta o el juego, entre el cálculo y el derroche, entre la ley y su transgresión.
La humanidad afirma su condición, negando su animalidad, mediante el trabajo y el uso de útiles, lo que hace posible la aparición de la conciencia y la separación entre sujeto y objeto. Pero el trabajo, como formación de sociabilidad, exige la prohibición de la satisfacción inmediata del deseo por la ley. Trabajo y ley responden a una misma racionalidad, la de subordinar el presente al futuro y mediante ellos el humano intenta conjurar el temor a la muerte, negando la inmediatez animal para afirmar el cálculo racional que asegura la perduración de la vida. Y sin embargo lo que obtiene no es más que una vida reducida a la mera condición de subsistencia, una vida servil que se limita a reproducirse con la sola voluntad de perdurar.
Ante semejante perspectiva, la humanidad no puede dejar de negarse a sí misma, negando el mundo del trabajo y el de la ley y afirmando un retorno a lo reprimido, a esa inmediatez que mantiene al animal en una relación inmanente con el mundo. Bataille no pretende retroceder a la animalidad perdida, sino recobrar para el ser humano el valor de la animalidad negada, lo que el llama la "santidad del mal" y que reivindica como otra posible dimensión de la experiencia humana.
Por lo tanto, en el humano se da la paradoja que se define sometiéndose servilmente al trabajo y a la ley, pero al mismo tiempo solo es, cuando niega este orden de trabajo y ley. Solo cuando los humanos somos capaces de afirmar y mostrar una in-humanidad valerosa y soberana que no teme a la muerte y capaz de hacer del presente un fin, solo entonces descubrimos parte de nuestra verdadera humanidad y exploramos otra posible experiencia vital. Es esta afirmación de soberanía del ser humano y su permanente conflicto con la civilización de la humanidad servil, lo que hace posible fenómenos heterogéneos y soberanos como el juego, la fiesta, el sacrificio, el erotismo, el arte..., es decir, la manifestación de la inutilidad frente a la utilidad, la noción de gasto, de derroche, de pérdida frente a la ganancia.
Con "la noción de gasto" Bataille presentaba la nocividad que para la vida representa esta obsesión patológica por la racionalidad de la economía productiva y de la utilidad, a la que oponía la lógica de lo improductivo, del derroche y el gasto. Para ello se basó en el "Ensayo sobre el Don" en el que el sociólogo Marcel Mauss estudiaba las relaciones de sociabilidad e intercambio de los indios del noroeste americano, basado principalmente en la práctica de la "Potlatch".
Etimológicamente Potlatch era una palabra de la tribu Chinook, utilizada también por los Kawakiult de la Columbia Británica o los Tlingit de Alaska y que significa "consumido por el fuego", un regalo tenía que ser correspondido de tal manera que el que lo había recibido y aceptado, tenía que regalarlo todo hasta que no le quedase nada que dar, sólo así la deuda quedaba saldada. "Un jefe conocía a otro y le hacía un regalo y este tenía que responder con otro de más valor. El juego podía comenzar con un regalo de un collar y acabar con el incendio del poblado, aumentando la obligación del rival a limites casi imposibles". El Potlatch era parte de una gran fiesta, con comida abundante, canciones, bailes, en la que incluso se podían poner nuevos nombres a determinados lugares geográficos; podía consistir en un intercambio simbólico de cortesía y devociones, motivado por la celebración de un acto social cualquiera, un nacimiento, una boda o un funeral, e incluso podía ser considerada como una guerra simbólica, un intercambio de retos y humillaciones. Para una tribu, el rendirse y no poder superar la provocación de la otra, era admitir la humillación de que valoraba más la propiedad, los simples objetos, que el honor.
Según Mauss, "Lo ideal es dar un Potlatch y no obtener compensación". Para él el Potlatch era el eco de la Edad de Oro, la supervivencia de una forma de intercambio que una vez fue universal y que en su nivel más profundo se trataba de una forma de comunicación entre personas que no se guardaban nada.
A partir de Mauss, Bataille encontró algo muy diferente, la prueba de otra y escondida economía de pérdida y derroche, ocultada y negada por las históricas economías de la producción y acumulación. En "La noción de gasto" actualizó la noción de Potlatch, no como un pintoresco recuerdo de una época dorada, sino como una permanente idea de disolución. Al olvidar los valores absolutos de la Potlatch, en los que el valor se derivaba de la posibilidad de una perdida total de objetos y mercancías, la humanidad refundaba la civilización exclusivamente sobre el principio de utilidad encadenándose a un sistema de límites donde todo tiene su precio. Pero la civilización ya se reprodujera en el comercio mercantilista, en el capitalismo o en el comunismo de Estado, simplemente ocultaba, tapaba, el odio que la humanidad siente por la utilidad y los límites, disfrazando su lujuria por el "gasto incondicional" en actividades que "no tienen un fin en sí mismas".
Si en Mauss el Potlatch era una difusa representación de lo que en otro tiempo había sido la vida real, para Bataille una vez comprendido esto, era también una revelación de lo que podría ser la "verdadera vida". Aunque sea en estado latente la "verdadera vida" está presente en el hombre, aún en el caso de que, como ahora, esté soterrada por esta cultura masificada de consumismo que lo totaliza todo. Ocultando a esta otra cultura posible, que a su vez se muestra desfigurada en estas formas que se manifiestan dentro de la cultura burguesa y que constituyen la danza moderna de echar la propiedad por la ventana, como puede ser el adulterio, la prostitución, la mentira y el engaño, la estafa, el juego, el alcoholismo, la drogadicción...etc.
Todo lo que queda del Potlatch como acto social y público, según Bataille, es la continua humillación que la burguesía inflige a los pobres; una humillación que los pobres sólo pueden devolver a través de la Revolución, ofreciéndose así mismos a la destrucción y pidiendo a cambio más destrucción. Pero el triunfo de la burguesía esta sellado por su cultura, la cual garantiza que la "vida real" de gasto y pérdida sea sólo permitida "tras las puertas cerradas", en privado, pues en esto la burguesía se distingue de otras clases o castas "por el hecho de que se le consiente gastar sólo en sí misma y dentro de sí misma". El resultado, según Bataille, es la desaparición de "todo lo que era generoso, orgiástico, excesivo" y su sustitución por una "mezquindad universal", este es el "regalo" que debemos a esta clase tan segura de su hegemonía, tan triunfante al identificar su historia con la naturaleza, y que finalmente habiendo prescindido de la máscara y contra todo aquello que para ella está felizmente escondido y aparentemente olvidado, expone su "sórdido rostro, un rostro tan rapaz y tan carente de nobleza, tan aterradoramente pequeño y mezquino, que toda la vida humana, ante ello, aparece degradada".
Este es el ideal del Potlatch, la humillación que no puede ser devuelta. Los pobres atrapados en la promesa de que algún día podrán gastar sólo para sí mismos, se muestran incapaces de responder ante tan continuada humillación. Ni tampoco los a sí mismos llamados revolucionarios, díganse comunistas o anarquistas han podido sustraerse de la producción, prisioneros de la racionalidad y de la ficción del progreso y de la utilidad, permanecen ciegos y sordos ante la "pasión por el gasto cuyo único fin sea la perdida".


LA NOCION DE GASTO

1. INSUFICIENCIA DEL PRINCIPIO CLÁSICO DE LA UTILIDAD

En cada ocasión que el sentido de un debate depende del valor fundamental de la palabra útil, es decir, cada vez que se aborda un problema esencial referente a la vida de las sociedades humanas, cualesquiera que sean las personas que intervienen y las opiniones representadas, es posible afirmar que el debate está necesariamente falseado y que el problema fundamental queda eludido. No existe, en efecto, ningún medio correcto, dado el conjunto más o menos divergente de las concepciones actuales, que permita definir lo que es útil a los hombres. Esta laguna está suficientemente subrayada por el hecho de la constante necesidad de recurrir de la manera más injustificable a unos principios que se intentan situar más allá de lo útil y del placer: el honor y el deber son invocados hipócritamente en unas combinaciones de interés pecuniario y, sin hablar de Dios, el Espíritu sirve para disfrazar el desconcierto intelectual de algunas personas que se niegan a aceptar un sistema cerrado.

Sin embargo, la práctica habitual pasa por encima de estas dificultades elementales y parece de entrada que la conciencia común sólo puede oponer algunas reservas verbales al principio clásico de la utilidad, es decir, de la pretendida utilidad material. En teoría, ésta tiene por objetivo el placer - mas únicamente bajo una forma moderada, pues el placer violento se considera patológico - y se deja limitar en la adquisición (prácticamente en la producción) y en la conservación de. bienes por una parte, y en la reproducción y la conservación de vidas humanas por otra (hay que decir que a esto se añade la lucha contra el dolor cuya importancia basta por sí sola para denotar el carácter negativo del principio del placer introducido teóricamente en la base). En la serie de representaciones cuantitativas ligadas a esta concepción anodina e insostenible de la existencia, sólo el problema de la reproducción se presta seriamente a la controversia, por el hecho de que un aumento exagerado del número de los seres vivientes amenaza con disminuir la parte individual. Pero en su conjunto, cualquier juicio general sobre la actividad social supone el principio de que todo esfuerzo particular debe ser reducible, para ser válido, a las necesidades fundamentales de la producción y de la conservación. El placer, trátese de arte, de libertinaje admitido o de juego, queda reducido, en definitiva, dentro de las representaciones intelectuales corrientes, a una concesión, es decir, a un solaz cuya función no pasa de subsidiaria. La parte más apreciable de la vida es vista como la condición -a veces incluso como la condición deplorable- de la actividad social productiva.

Es cierto que la experiencia personal, si se trata de un hombre joven, capaz de malgastar y de destruir sin motivo aparente, desmiente en cada ocasión esta concepción miserable. Pero incluso cuando se prodiga y se destruye sin el menor reparo, el ser más lúcido ignora por qué, o bien se considera enfermo; es incapaz de justificar utilitariamente su conducta y no se le ocurre que una sociedad humana pueda tener interés, como él, en unas pérdidas considerables, en unas catástrofes que provoquen, de acuerdo con unas necesidades definidas, unas depresiones tumultuosas, unos gritos de angustia y, en último término, un cierto estado orgiástico.

La contradicción entre las concepciones sociales normales y las necesidades reales de la sociedad recuerda también, y de la manera más abrumadora, la consideración mezquina que opone el padre a la satisfacción de las necesidades del hijo que está a su cargo. Esta mezquindad impide al hijo expresar su voluntad. La solicitud parcialmente malintencionada de su padre se aplica al alojamiento, a las ropas, a la nutrición, en el mejor de los casos a unas cuantas distracciones anodinas. Pero ni siquiera tiene derecho a hablar de lo que le inquieta: está obligado a dejar creer que no siente ni percibe ningún horror. A este respecto, es triste decir que la humanidad consciente sigue siendo menor de edad: se reconoce el derecho de adquirir, de conservar o de consumir racionalmente, pero excluye por principio el gasto improductivo.

Es cierto que esta exclusión es superficial y que no modifica la actividad práctica, de la misma manera que tampoco las prohibiciones limitan al hijo, que se entrega a unas diversiones inconfesables en cuanto no está en presencia del padre. La humanidad podría o no expresar como propias unas concepciones teñidas de la insulsa suficiencia y de la ceguera paternas. En la práctica de la vida, sin embargo, se comporta de manera que satisface unas necesidades de un salvajismo atroz y ni siquiera parece capaz de subsistir si no es al borde del horror. Además, por poco incapaz que sea un hombre de doblegarse enteramente a unas consideraciones oficiales o susceptibles de serlo, por poco inclinado que se sienta a sufrir la atracción de quien consagra su vida a la destrucción de la autoridad establecida, es difícil creer que la imagen de un mundo apacible y conforme a sus cálculos pueda parecerle otra cosa que una cómoda ilusión.

Las dificultades que pueden encontrarse en el desarrollo de una concepción que no imite el modo servil de las relaciones del padre con el hijo no son, pues, insuperables. Es posible admitir la necesidad histórica de imágenes vagas y decepcionantes para uso de la mayoría que no actúa sin un mínimo de error (del que se sirve como una droga) y que, además, en todas las circunstancias, se niega a reconocerse en el laberinto resultante de las inconsecuencias humanas. Para los sectores incultos o poco cultos de la población, una simplificación extrema representa la única posibilidad de evitar una disminución de la fuerza agresiva. Pero sería una vileza aceptar como un límite para el conocimiento las condiciones de miseria, las condiciones menesterosas en las que se han formado tales imágenes simplificadas. Y si una concepción menos arbitraria está condenada a permanecer, de hecho, esotérica, si, en cuanto tal, se enfrenta en las circunstancias inmediatas a una repulsión enfermiza, hay que decir que esta repulsión es precisamente la vergüenza de una generación en la que son los rebeldes quienes temen el rumor de sus propias palabras. Por consiguiente, es imposible tenerla en cuenta.

II. EL PRINCIPIO DE LA PERDIDA

La actividad humana no es enteramente reductible a unos procesos de producción y de conservación y el consumo debe ser dividido en dos partes distintas. La primera, reductible, está representada para los individuos de una sociedad determinada, por el uso del mínimo necesario para la conservación de la vida y la continuación de la actividad productiva: es decir, se trata simplemente de la condición fundamental de esta última. La segunda parte está representada por los gastos llamados improductivos, el lujo, los lutos, las guerras, los cultos, las construcciones de monumentos suntuarios, los juegos, los espectáculos, las artes, la actividad sexual perversa (es decir, desviada de la finalidad genital) representan otras tantas actividades que, al menos en las condiciones primitivas, tienen su fin en sí mismas. Ahora bien, es necesario limitar el nombre de gasto a estas formas improductivas, con exclusión de todos los modos de consumo que sirven de salida a la producción, Aunque siempre sea posible oponer entre sí las diferentes formas enumeradas, constituyen un conjunto caracterizado por el hecho de que en cada caso se hace hincapié sobre la pérdida que debe ser lo mayor posible para que la actividad adquiera su auténtico sentido.

Este principio de la pérdida, es decir, del gasto incondicional, por contrario que sea al principio económico de la contabilidad (el gasto regularmente compensado por la adquisición), el único racional en el estricto sentido de la palabra, puede evidenciarse con ayuda de un pequeño número de ejemplos extraídos de la experiencia corriente:

1) No basta con que las joyas sean bellas y deslumbrantes, cosa que permitiría su sustitución por otras falsas: el sacrificio de una fortuna a la que se ha preferido una diadema de diamantes es necesario para la constitución del carácter fascinante de esta diadema. Este hecho debe ser relacionado con el valor simbólico de las joyas, general en psicoanálisis. Cuando un diamante tiene en un sueño una significación excremencial, no se trata únicamente de asociación por contraste: en el inconsciente, tanto las joyas como los excrementos son unas materias malditas que manan de una herida, partes de uno mismo destinadas a un ostensible sacrificio (sirven de hecho a unos regalos suntuosos cargados de amor sexual). El carácter funcional de las joyas exige su inmenso valor material y es lo único que explica la poca atención que se presta a las más bellas imitaciones, que son casi inutilizables.

2) Los cultos exigen un despilfarro sangriento de hombres y de animales sacrificados. En el sentido etimológico de la palabra, el sacrificio no es otra cosa que la producción de cosas sagradas.
Desde el primer momento, se descubre que las cosas sagradas están constituidas por una operación de pérdida: el éxito del cristianismo debe explicarse precisamente por el valor del tema de la crucifixión infamante del hijo de Dios que lleva la angustia humana a una ilimitada representación de la pérdida y de la ruina.

3) En los diferentes juegos de competición, la pérdida se produce, en general, en unas condiciones complejas. Se gastan considerables sumas de dinero para el mantenimiento de los locales, de los animales, de los instrumentos o de los hombres. En lo posible, la energía se prodiga de manera que provoque un sentimiento de estupefacción, en cualquier caso con una intensidad infinitamente mayor que en las empresas productivas. No se evita el peligro de muerte que constituye, al contrario, el objeto de una fuerte atracción inconsciente. Por otra parte, a veces las competiciones ofrecen la ocasión de primas ostensiblemente distribuidas. Asisten a ellas inmensas muchedumbres, que a menudo desencadenan sus pasiones sin ningún control y se arriesgan a la pérdida de increíbles cantidades de dinero bajo forma de apuestas. Es cierto que esta circulación de dinero aprovecha a un pequeño número de jugadores profesionales, pero esto no excluye que esta circulación pueda ser considerada como una carga real de las pasiones desencadenadas por la competición y que ocasione en un gran número de jugadores unas pérdidas desproporcionadas a sus medios; los jugadores no tienen otra solución que la prisión o la muerte. Además, según las circunstancias, diferentes modos de gasto improductivo pueden ir relacionados con los grandes espectáculos de competición: al igual que unos elementos animados por un movimiento propio son atraídos por un torbellino mayor. De esta manera, las carreras de caballos van asociadas a unos procesos de clasificación social de carácter suntuario (basta con mencionar la existencia de los jockey Clubs) y la producción ostentosa de las lujosas novedades de la moda. Hay que tener en cuenta, además, que el gasto total representado por las carreras actuales es insignificante comparado con las extravagancias de los bizantinos que relacionaban con las competiciones hípicas el conjunto de la actividad pública.

4) Desde el punto de vista del gasto, las producciones artísticas deben ser divididas en dos grandes categorías: la primera de las cuales está integrada por la construcción arquitectónica, la música y la danza. Esta categoría implica unos gastos reales. De todas maneras, la escultura y la pintura, sin mencionar la utilización de unos lugares para ceremonias o espectáculos, introducen en la propia arquitectura el principio de la segunda categoría, el del gasto simbólico. Por su parte, la música y la danza pueden cargarse fácilmente de significaciones exteriores.

Bajo su forma mayor, la literatura y el teatro, que constituyen la segunda categoría, provocan la angustia y el horror mediante unas representaciones simbólicas de la pérdida trágica (ruina o muerte); bajo su forma menor, provocan la risa a través de unas representaciones cuya estructura es análoga, pero que excluyen algunos elementos de seducción. El término de poesía, que se aplica a las formas menos degradadas y menos intelectualizadas de la expresión de un estado de pérdida, puede considerarse como sinónimo de gasto. significa, en efecto, de la manera más precisa, creación por medio de la pérdida. Por consiguiente, su sentido es próximo al de sacrificio. Es cierto que el nombre de poesía sólo puede aplicarse de manera apropiada a un residuo extremadamente raro de lo que suele designar vulgarmente y que, a falta de una previa reducción, pueden introducirse las peores confusiones; ahora bien, es imposible en una primera y rápida exposición hablar de los límites infinitamente variables entre unas formaciones subsidiarias y el elemento residual de la poesía. Es más fácil indicar que para los escasos seres humanos que disponen de este elemento, el gasto poético deja de ser simbólico en sus consecuencias. es decir, en una cierta medida, la función de representación compromete la propia vida del que la asume. Le aboca a las más decepcionantes formas de actividad, a la miseria, a la desesperación, a la búsqueda de sombras inconsistentes que sólo, pueden ofrecer el vértigo o la rabia. Es frecuente no poder disponer de las palabras más que para su propia pérdida. verse obligado a elegir entre un destino que convierte al hombre en un réprobo, tan profundamente separado de la sociedad como las deyecciones lo están de la vida aparente, y una renuncia cuyo precio es una actividad mediocre, subordinada a unas necesidades vulgares y superficiales.

III. PRODUCCION, INTERCAMBIO Y GASTO IMPRODUCTIVO

Una vez indicada la existencia del gasto como una función social, es preciso determinar las relaciones de esta función con las de producción y adquisición que se le oponen. Estas relaciones se presentan inmediatamente como las de un fin con la utilidad. Y si bien es cierto que la producción y la adquisición cambian de forma al desarrollarse e introducen una variable cuyo conocimiento es fundamental para la comprensión de los procesos históricos, no son, sin embargo, más que medios subordinados al gasto. Por muy atroz que resulte, la miseria humana nunca ha tenido un dominio suficiente sobre las sociedades como para que la preocupación de la conservación, que confiere a la producción la apariencia de un fin, domine sobre la del gasto improductivo. Para mantener esta preeminencia, como el poder es ejercido por las clases que gastan, la miseria ha sido excluida de cualquier actividad social: y los miserables no tienen otro modo de penetrar en el círculo del poder que la destrucción revolucionaria de las clases que lo ocupan, es decir, un gasto social sangriento e ilimitado.

El carácter secundario de la producción y de la adquisición en relación al gasto aparece de la manera más clara en las instituciones económicas primitivas, por el hecho de que el intercambio sigue siendo considerado como una pérdida suntuaria de los objetos cedidos: se presenta así, en la base, como un proceso de gasto sobre el cual se ha desarrollado un proceso de adquisición. La economía clásica ha imaginado que el intercambio primitivo se producía bajo forma de trueque: no tenía, en efecto, ningún motivo para suponer que un medio de adquisición como el intercambio pudiera haber tenido por origen, no la necesidad de adquirir que satisface actualmente, sino la necesidad contraria de la destrucción y de la pérdida. La concepción tradicional de los orígenes de la economía no ha sido derribada hasta hace muy poco tiempo, tan poco como para que un gran número de economistas siga representando arbitrariamente el trueque como el antepasado del comercio.

Oponiéndose a la noción artificial de trueque, la forma arcaica del intercambio ha sido identificada por Mauss bajo el nombre de Potlatch, tomado de los indios del noroeste americano que ofrecieron su tipo más notable. En muchas partes han aparecido instituciones análogas al potlatch indio, o huellas de él.

El potlatch de los tlingit, de los haida, de los tsimshian, de los kwakiutl de la costa noroeste fue estudiado con precisión desde fines del siglo XIX (pero sin ser comparado entonces con las formas arcaicas de intercambio de los demás países). Algunas de estas tribus americanas menos avanzadas practican el potlatch con motivo de los cambios en la situación de las personas - iniciaciones, matrimonios, funerales -, e, incluso bajo una forma más evolucionada, jamás puede ir separado de una fiesta, que ocasiona, o que se celebra con motivo de ella. Excluye cualquier regateo y, en general, está constituido por un don considerable de riquezas ostensiblemente ofrecidas con el fin de humillar, desafiar y obligar a un rival. El valor de intercambio del don resulta del hecho de que el donatario, para borrar la humillación y recoger el desafío, debe satisfacer la obligación, contraída por él en el momento de la aceptación, de contestar ulteriormente con un don más importante, es decir, de devolver con usura.

Pero el don no es la única forma del potlatch; es igualmente posible desafiar a unos rivales mediante espectaculares destrucciones de riqueza. A través de esta última forma, el potlatch se identifica con el sacrificio religioso, puesto que las destrucciones son ofrecidas teóricamente a los antepasados míticos de los donatarios. En una época relativamente reciente, seguía sucediendo que un jefe tlingit se presentara ante su rival y degollara alguno de sus propios esclavos ante él. Esta destrucción era devuelta en un plazo determinado por el degollamiento de un número de esclavos mayor. Los chukchi del extremo nordeste siberiano, que conocen unas instituciones análogas al potlatch, degüellan jaurías de perros de un valor considerable a fin de avergonzar y humillar a otro grupo. En el noroeste americano, las destrucciones llegan hasta los incendios de aldeas y el destrozo de flotillas de canoas. Unos lingotes de cobre sellados, especie de monedas a las que a veces se atribuye un valor ficticio que llega a constituir una inmensa fortuna, son rotos o lanzados al mar. El delirio propio de la fiesta se asocia indistintamente con las hecatombes de propiedad y con los dones acumulados con la intención de asombrar y de anonadar.

La usura, que interviene regularmente en estas operaciones bajo forma de excedente obligatorio con motivo de los potlatch de desquite, ha llevado a decir que el préstamo con interés debía sustituir al trueque en la historia de los orígenes del intercambio. Hay que reconocer, en efecto, que en las civilizaciones de potlatch la riqueza se multiplica de una manera que recuerda la inflación crediticia de la civilización bancaria: es decir, sería imposible realizar a un tiempo todas las riquezas poseídas por el conjunto de los donadores por el hecho de las obligaciones contraídas por el conjunto de los donatarios. Pero esta similitud se refiere a una característica secundaria del potlatch.

Lo que confiere a esta institución su valor significativo es la constitución de un atributo positivo de la pérdida, de la que se desprenden la nobleza, el honor y el rango en la jerarquía. El don debe ser considerado a un tiempo como una pérdida y como una destrucción parcial, ya que el deseo de destruir es trasladado en parte al donatario. En sus formas inconscientes, tal como las describe el psicoanálisis, simboliza la excreción, relacionada en sí misma con la muerte según la conexión fundamental del erotismo anal y el sadismo. El simbolismo excremencial de los cobres blasonados, que constituyen en la costa noroeste los objetivos de don por excelencia, está basado en una mitología muy rica. En Melanesia, el donador designa como si fueran sus residuos los magníficos regalos que deposita a los pies del jefe rival.

Las consecuencias en el orden de la adquisición no son más que el resultado involuntario -al menos en la medida en que los impulsos que dirigen la operación sigan siendo primitivos- de un proceso dirigido en sentido contrario. «Lo ideal, señala Mauss, sería dar un potlatch y que éste no fuera devuelto.» Este ideal se realiza a través de algunas destrucciones a las que la costumbre no conoce ninguna contrapartida posible. Por otra parte, al estar, en cierto modo, comprometidos de antemano los frutos del potlatch en un nuevo potlatch, el principio arcaico de riqueza se pone en evidencia sin ninguna de los atenuantes que resultan de la avaricia desarrollada en estadios posteriores: la riqueza aparece como adquisición en tanto que es el hombre rico quien adquiere un poder, pero está enteramente dirigida hacia la pérdida en el sentido de que este poder se caracteriza como poder de perder. Sólo se relaciona con la gloria y el honor a través de la pérdida.

Visto como juego, el potlatch es lo contrario de un principio de conservación: acaba con la estabilidad de las fortunas tal como existía en el interior de la economía totémica, donde la posesión era hereditaria. Una actividad de intercambio excesivo ha sustituido por una especie de póker ritual, de forma delirante, a la herencia como fuente de la posesión. Pero los jugadores no pueden retirarse con la fortuna a salvo: quedan a merced de la provocación. Por consiguiente, la fortuna no tiene en absoluto la función de situar a quien la posee al abrigo de la necesidad. Al contrario, permanece funcionalmente, y con ella su posesor, a merced de una necesidad de pérdida desmesurada que existe en estado endémico en un grupo social.

La producción y el consumo no suntuario que condicionan la riqueza aparecen de esta manera como utilidad relativa.

IV. EL GASTO FUNCIONAL DE LAS CLASES RICAS

La noción de potlatch en sentido estricto debe reservarse a los gastos de tipo agonístico realizados por desafío, que provocan unas contrapartidas, y más precisamente aún a unas formas que en las sociedades arcaicas no se diferencian del intercambio.

Es importante saber que, en su origen, el intercambio estuvo inmediatamente subordinado a un fin humano, pero resulta evidente que su desarrollo unido al progreso de los modos de producción sólo ha comenzado en el estadio en que esta subordinación dejó de ser inmediata. El mismo principio de la función de producción exige que los productos escapen a la pérdida, al menos provisionalmente.

En la economía mercantil, los procesos de intercambio tienen un sentido adquisitivo. Las fortunas ya no están puestas sobre una mesa de juego y se han hecho relativamente estables. Solamente en la medida en que se asegure la estabilidad y que ni siquiera unas pérdidas considerables puedan comprometerla, se someten al régimen del gasto improductivo. Los componentes elementales del potlatch reaparecen en estas nuevas condiciones bajo unas formas que ya no son tan directamente agonísticas: el gasto sigue destinado a adquirir o a mantener el rango, pero, en principio, ya no tiene como objetivo el hacérselo perder a otro.
Cualesquiera que sean estas atenuaciones, la pérdida ostentatoria sigue universalmente unida a la riqueza como su función última.

El rango social va unido, más o menos estrechamente, a la posesión de una fortuna, pero siempre a condición de que la fortuna sea parcialmente sacrificada a unos gastos sociales improductivos tales como fiestas, espectáculos y juegos. En las sociedades salvajes, donde la explotación del hombre por el hombre es todavía débil, se observa que los productos de la actividad humana no afluyen hacia los hombres ricos únicamente a causa de los servicios de protección o de dirección social que se supone que prestan, sino también a causa de los gastos espectaculares de la colectividad que deben sufragar. En las sociedades llamadas civilizadas, la obligación funcional de la riqueza sólo ha desaparecido en una época relativamente reciente. La decadencia del paganismo ha provocado la de los juegos y los cultos que estaban obligados a sufragar los romanos opulentos: por tal motivo pudo decirse que el cristianismo privatizó la propiedad, confiriendo a su posesor una disposición total de sus productos y aboliendo su función social. Aboliéndola, al menos, en tanto que obligatoria, pues el cristianismo sustituyó el gasto pagano prescrito por la costumbre por la limosna libre, bien bajo forma de distribución de los ricos a los pobres, bien, especialmente, bajo forma de donaciones extremadamente importantes a las iglesias y después a los monasterios: y fueron precisamente estas iglesias y estos monasterios los que asumieron, en la Edad Media, la mayor parte de la función espectacular.

Actualmente, han desaparecido las formas sociales, grandes y libres, del gasto improductivo. Sin embargo, esto no excluye que el mismo principio del gasto esté situado al término de la actividad económica.

Una determinada evolución de la riqueza, cuyos síntomas tienen el signo de la enfermedad y del agotamiento, lleva a una vergüenza de sí misma al tiempo que a una mezquina hipocresía. Todo lo que era generoso, orgiástico y desmesurado ha desaparecido: los temas de rivalidad que siguen condicionando la actividad individual se desarrollan en la oscuridad como si fueran vergonzosos eructos. Los representantes de la burguesía han adoptado un aspecto apagado: la exhibición de riquezas se efectúa entre cuatro paredes, de acuerdo con unas deprimentes y aburridas convenciones. Además, el acceder a una fortuna mediocre o ínfima los burgueses de la clase media, los empleados y los pequeños comerciantes, han acabado de envilecer el gasto ostentatorio, que ha experimentado una especie de parcelación y del que ya sólo queda una multitud de esfuerzos vanidosos unidos a unos fastidiosos rencores.

Con escasas excepciones, remilgos parecidos se han convertido en la principal razón de vivir, de trabajar y de sufrir de quienquiera que carezca del valor de entregar su enmohecida sociedad a una destrucción revolucionaria. En torno a los bancos modernos al igual que en torno a los mástiles totémicos de los kwakiutl, el mismo deseo de deslumbrar anima a los individuos y les arrastra a un sistema de pequeños alardes que les ciega a unos contra otros como si estuvieran ante una luz demasiado fuerte. A pocos pasos del banco, las joyas, los trajes, los coches aguardan en los escaparates el día en que servirán para establecer el creciente esplendor de un siniestro industrial y de su anciana esposa, más siniestra aún. Un peldaño más abajo, unos relojes dorados, unos aparadores de comedor, unas flores artificiales prestan unos servicios no menos inconfesables a unas parejas de tenderos. Entre un ser humano y otro la envidia se libera como en los salvajes, con una brutalidad equivalente: sólo han desaparecido la generosidad y la nobleza, y con ellas, la espectacular contrapartida que los ricos ofrecían a los pobres.

Como clase poseedora de la riqueza, y que con ella ha recibido la obligación del gasto funcional, la burguesía moderna se caracteriza por la negativa de principio que opone a esta obligación. Se ha distinguido de la aristocracia en que sólo ha consentido en gastar para sí, en el interior de sí misma, es decir, disimulando sus gastos, en la medida de lo posible, a los ojos de las demás clases. Esta forma particular se debe originariamente al desarrollo de su riqueza a la sombra de una clase noble más poderosa que ella. A estas concepciones humillantes de gasto restringido correspondieron las concepciones Nacionalistas que desarrolló a partir del siglo XVII y que no tienen otro sentido que una representación del mundo estrictamente económica, en el sentido vulgar y burgués de la palabra. El odio hacia el gasto es la razón de ser y la justificación de la burguesía, al mismo tiempo que el principio de su horrible hipocresía. Los burgueses utilizaron las prodigalidades de la sociedad feudal como una acusación fundamental y, después de haberse apoderado del poder, se creyeron obligados a practicar, gracias a sus hábitos de disimulo, una dominación aceptable para las clases pobres. Y es justo reconocer que el pueblo es incapaz de odiarles tanto como a sus antiguos señores: en la medida en que, precisamente, es incapaz de amarles, pues les resulta imposible disimular, al menos, una faz tan sórdida, tan rapaz, tan innoble y tan horriblemente mezquina que toda la vida humana, al verles, diríase degradada.

En contra de ellos, la conciencia popular se ha limitado a conservar profundamente el principio del gasto representando la existencia burguesa como la vergüenza del hombre y como una siniestra anulación.

V. LA LUCHA DE CLASES

Al esforzarse a la esterilidad en lo que se refiere al gasto, de acuerdo con una razón que lleva cuentas, la sociedad burguesa sólo ha conseguido desarrollar la mezquindad universal. La vida humana sólo halla una agitación capaz de satisfacer unas necesidades irreductibles en el esfuerzo de quienes llevan al extremo las consecuencias de las habituales concepciones racionalistas. Los restos de los modos de gasto tradicionales han tomado el sentido de una atrofia y el viviente tumulto suntuario se ha perdido en el increíble desencadenamiento de la lucha de clases.

Los componentes de la lucha de clases existen en el proceso del gasto a partir del período arcaico. En el potlatch, el hombre rico distribuye unos productos que le proporcionan otros hombres miserables. Intenta elevarse por encima de un rival rico como él, pero el último grado de elevación buscado no tiene otro objeto necesario que el de alejarle más de la naturaleza de los hombres miserables. De este manera, el gasto, aunque sea una función social, se convierte inmediatamente en un acto agonista de separación, de apariencia antisocial. El hombre rico consume la pérdida del hombre pobre creando para él una categoría de ruina y abyección que abre las puertas a la esclavitud. Ahora bien, es evidente que, de la herencia indefinidamente trasmitida del mundo suntuario antiguo, al mundo moderno le ha tocado en suerte esta categoría, reservada actualmente a los proletarios. Es indudable que la sociedad burguesa, que pretende gobernarse de acuerdo con unos principios racionales y que tiende, además, por su propia dinámica, a realizar una cierta homogeneidad humana, no acepta sin protestas una división que parece destructiva del hombre en sí, pero es incapaz de llevar la resistencia más allá de la negación teórica. Concede a los obreros unos derechos iguales a los de los patrones, y escribe ostentosamente esta igualdad en las paredes: pese a ello, los patronos, que actúan como si fueran la expresión de la sociedad, se preocupan -más gravemente que de cualquier otra cosa - en señalar que son completamente ajenos a la abyección de los hombres empleados por ellos. El fin de la actividad obrera es producir para vivir, pero el de la actividad patronal es producir para entregar a los productores obreros a una espantosa ruina: pues no existe disyunción posible entre la calificación buscada en los modos de gasto propios del patrono, que tienden a elevarla muy por encima de la bajeza humana, y la misma bajeza de la que es función dicha calificación.

El oponer a esta concepción del gasto social agonista la representación de los cuantiosos esfuerzos burgueses que tienden al mejoramiento de la suerte de los obreros no es más que una expresión de la cobardía de las modernas clases superiores, que ya no tienen la fuerza de reconocer sus destrucciones. Los gastos emprendidos por los capitalistas para socorrer a los proletarios y darles ocasión de ascender en la escala humana sólo demuestran la impotencia - por agotamiento - de llevar hasta el fondo un proceso suntuario. Una vez realizada la pérdida del hombre pobre, el placer del hombre rico se ve Poco a poco vaciado de su contenido y neutralizado: es reemplazado por una especie de indiferencia apática. En tales condiciones, a fin de mantener, pese a unos elementos (sadismo, piedad) que tienden a turbarlo, un estado neutro que la misma apatía llega a hacer relativamente agradable, puede resultar útil compensar una parte del gasto que engendra la abyección por un nuevo gasto que tienda a atenuar los resultados del primero. El sentido político de los patronos, sumado a determinados períodos parciales de prosperidad, ha permitido en ocasiones conceder una amplitud notable a este proceso de compensación. Es así como en los países anglosajones, especialmente en los Estados Unidos de América, el proceso primario sólo se produce a expensas de una parte relativamente débil de la población y como, en cierta medida, la propia clase obrera ha sido llevada a participar en él (sobre todo cuando la cosa era facilitada por la existencia previa de una clase considerada como abyecta de común acuerdo, como la de los negros). Pero estas escapatorias, cuya importancia queda, por otra parte, estrictamente limitada, no modifican en nada la división fundamental de las clases de hombres en nobles e innobles. El cruel juego de la vida social no varía a través de los diferentes países civilizados donde el esplendor insultante de los ricos pierde y degrada a la naturaleza humana de la clase inferior.

Es preciso añadir que la atenuación de la brutalidad de los amos - que no se refiere tanto a la destrucción en sí misma como a las tendencias psicológicas a la destrucción - corresponde a la general atrofia de los antiguos procesos suntuarios que caracteriza la época moderna.
Inversamente, la lucha de clases se convierte en la forma más grandiosa del gasto social cuando es asumida y desarrollada, en esta ocasión por cuenta de los obreros, con una amplitud que amenaza la misma existencia de los amos.

VI. EL CRISTIANISMO Y LA REVOLUCIÓN

Al margen de la revuelta, ha sido posible a los miserables provocados rechazar cualquier participación moral en un sistema de opresión de unos hombres sobre otros: en determinadas circunstancias históricas, han conseguido, en especial a través de unos símbolos aún más contundentes que la realidad, rebajar toda la «naturaleza humana» hasta una ignominia tan horrible que el placer de los ricos en medir la miseria de los demás se hacía repentinamente demasiado agudo para ser soportado sin caer en el vértigo. De esta manera se instituía, independientemente de todas las formas rituales, un intercambio de desafíos exasperados, sobre todo por parte de los pobres, un potlatch en el que la basura real y la inmundicia moral desvelada rivalizaban en una igualdad horrible con todo lo que el mundo contiene de riqueza, de pureza y de resplandor: y a este modo de convulsiones espasmódicas se le abrió una salida excepcional mediante la desesperación religiosa que constituía su explotación sin ambages.

Con el cristianismo, la alternancia de exaltación y de angustia, de suplicios y de orgías, que constituye la vida religiosa, fue llevada a conjugarse con un tema más trágico, a confundirse con una estructura social enferma, desgarrándose a sí misma con la más inmunda crueldad. El canto de triunfo de los cristianos glorifica a Dios porque ha entrado en el juego sangriento de la guerra social, porque ha «derribado a los poderosos de lo alto de su grandeza y ha enaltecido a los miserables». Sus mitos asocian la ignominia social y la ruina cadavérica del ajusticiado al esplendor divino. Así es, como el culto asume la función total de oposición de fuerzas de sentido contrario repartidas hasta entonces entre los ricos y los pobres, con la cual unos consuman la perdición de los otros. Se relaciona estrechamente con la desesperación terrestre, el no ser en sí más que un epifenómeno del inconmensurable odio que divide a los hombres, pero un epifenómeno que tiende a sustituir al conjunto de los procesos divergentes que resume. De acuerdo con las palabras atribuidas a Cristo, en las que dice que él ha venido para dividir, no para reinar, la religión no intenta, pues, en absoluto hacer desaparecer lo que algunos consideran como la lacra humana: al contrario, bajo su forma inmediata, en la medida en que su movimiento ha permanecido libre, se complace en una inmundicia indispensable para sus tormentos extáticos.

El sentido del cristianismo aparece en el desarrollo de las consecuencias en verdad delirantes del gasto de clases, o lo que es lo mismo en una orgía agonista mental practicada a expensas de la lucha real.

Sin embargo, por mucha importancia que haya adquirido en la actividad humana, la humillación cristiana sólo es un episodio en la lucha histórica de los innobles contra los nobles, de los impuros contra los puros. Es como si la sociedad, consciente de su intolerable desgarramiento, se sumiera durante un tiempo en una embriaguez total, a fin de gozarla sádicamente: la embriaguez más completa no ha agotado las consecuencias de la miseria humana y, como las clases explotadas se oponen a las clases superiores con una lucidez creciente, no se puede asignar ningún límite concebible al odio. Unica en la agitación histórica, la palabra Revolución domina la confusión habitual y lleva consigo unas promesas que responden a las exigencias ilimitadas de las masas: una simple ley de reciprocidad exige la esperanza de ver abocados al miedo a los amos, a los explotadores cuya función es crear unas formas despreciables que excluyen la naturaleza humana - tal como esta naturaleza existe en el límite de la tierra, es decir, como barro-, en la gran noche en que sus bellas frases serán ahogadas por los gritos homicidas, de las masas amotinadas. Ahí reside la sangrienta esperanza que se confunde cotidianamente con la existencia popular y que resume el contenido insubordinado de la lucha de clases.

La lucha de clases sólo tiene un final posible. la pérdida de aquellos que se han esforzado en perder la «naturaleza humana»
Pero sea cual fuere la forma de desarrollo emprendida, revolucionaria o servil, las convulsiones generales constituidas, dieciocho siglos atrás por el éxtasis religioso, y actualmente por el movimiento obrero, deben representarse igualmente como un impulso decisivo que obliga a la sociedad a utilizar la exclusión de unas clases por otras para realizar un modo de gasto tan trágico y tan libre como sea posible, al mismo tiempo que para introducir unas formas sagradas tan humanas que las formas tradicionales pasan a ser, comparativamente, despreciables. El carácter trópico de dichos movimientos es lo que confiere el valor humano total de la Revolución obrera, susceptible de operar una atracción tan irresistible como la que dirige los organismos simples hacia el sol.

VII. LA INSUBORDINACION DE LOS HECHOS MATERIALES

La vida humana,. diferenciada de la existencia jurídica y tal como se ha desarrollado realmente en un globo aislado en el espacio celeste, del día a la noche, de una región a otra, no puede en absoluto permanecer limitada a los sistemas cerrados que le han asignado unas concepciones razonables. El inmenso trabajo de abandono, de sangría y de tempestad que la constituye podría expresarse diciendo que sólo comienza con el déficit de esos sistemas: cuanto orden y reserva admite sólo adquiero sentido, al menos, a partir del momento en que las fuerzas ordenadas y reservadas se liberan y se pierden para unos fines que no pueden sujetarse a nada capaz de ser contabilizado. Es únicamente mediante dicha insubordinación, incluso miserable, que la especie humana deja de estar aislada en el esplendor incondicional de las cosas materiales.

De hecho, y de la manera más universal, aisladamente o en grupos, los hombres se hallan constantemente implicados en unos procesos de gasto. La variación de las formas no provoca ninguna alteración de los caracteres fundamentales de estos procesos cuyo principio es la pérdida. Una cierta excitación, cuya cantidad se mantiene en el curso de las alternativas en un estiaje sensiblemente constante, anima las colectividades y las personas. Bajo su forma acentuada, los estados de excitación, asimilables a unos estados tóxicos, pueden definirse como unos impulsos ilógicos e irresistibles al rechazo de unos bienes materiales o morales que habría sido posible utilizar racionalmente (de acuerdo con el principio del balance de cuentas). A dichas pérdidas se halla relacionada -tanto en el caso de la «mujer perdida» como en el del gasto militar- la creación de valores improductivos, el más absurdo de los cuales y al mismo tiempo el que provoca mayor avidez es la gloria. Completadas por la ruina, la gloria, tanto bajo formas más bien siniestras como particularmente admirables, no ha dejado de dominar la existencia social y sigue siendo imposible emprender nada sin ella cuando está condicionada por la práctica ciega de la pérdida personal o social.

Asi es como el despilfarro inmenso de la actividad arrastra las intenciones humanas -incluidas aquellas que van asociadas a las operaciones económicas - al juego calificativo de la materia universal: en efecto, la materia sólo puede definirse mediante la diferencia no lógica que representa en relación a la economía del universo lo mismo que el crimen representa en relación a la ley. De igual manera que la ley jamás puede excluir el crimen, la gloria que resume o simboliza (no enteramente) el objeto del gasto libre no puede diferenciarse de la calificación, siempre que nos refiramos a la única calificación que tiene un valor comparable al de la materia, a la calificación insubordinada, que sólo es condición de sí misma.

Si imaginamos por otra parte el interés, coincidente con el de la gloria (tanto como con el de la ruina), que la colectividad humana relaciona necesariamente con el cambio cualificativo realizado con perseverancia por el movimiento de la historia, si suponemos finalmente que dicho movimiento es incapaz de contenerse o de dirigirse hacia un objetivo limitado, es posible, abandonando cualquier reserva, atribuir a la utilidad un valor relativo. Los hombres aseguran su subsistencia o evitan el sufrimiento no porque esas funciones representen por sí mismas un resultado suficiente, sino para acceder a la función insubordinada del gasto libre.